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  ficcion > Narrativa LibreYo también soy capitalista

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se publicó en la web el 13 de Abril del 2009

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  Categoría: ficcion > Narrativa Libre
  Titulo:

Desde hace algún tiempo me comporto como un civil más en un poblado. Dejé que la guerra se fugará de mi y cada días apoyo las armas sobre un trozo de papel o la barra de un bar. Y hay días en que también me sumo al desconcierto de los hombres confundidos de podridas tabernas y lo único que me alienta a volver abrir un bloc de notas es saber qué escribí la noche anterior cuando empuñaba un bolígrafo. El que dejé escrito. Ahí están toda mi sencillez y complejidad reunidas. Y mientras me mezclo entre la gente tiendo a odiarla más y a prostituir mis palabras. Rostros húmedos, sílabas detonantes de una gran grandeza y sonrisas que se alaban así mismas. Así es como tiendo a ver las cosas, al menos esa es mi impresión. Tengo la sensación de que no soporto a la gente pero por alguna razón que desconozco qué o quién me la inoculó tiendo a odiarme más a mi todavía. Es entonces cuando comienzo a percatarme de la vida como una magnífica película; fotograma a fotograma. Rotando, dando vueltas y consumiéndose entre un pequeño marco. La gente camina por las aceras y no se fija en sus pasos ni tampoco cuando se refleja en los cristales de un sucio bar entre dos calles. Por algún motivo, aprecio esas pequeñas cosas y suelo recordar cada detalle, cada paso e incluso cada vestimenta propia de todos los que han pasado por delante de mi. Bebo mi cerveza y me siento bien estando solo. Es una templada tarde de cualquier día de la semana de cualquier mes del año en Bruselas. Pero eso no importa. Lo que de verdad acerca a la gente a otras cuando ves a un tipo solitario es que ellos creen que han “pasado por lo mismo”. Un camelo de luces comienza a escribirse “solo” y es ahí donde se halla lo que quiero decir. Yo noto como dos partes de mi piden seepararse: cada vez más hombre; cada vez más inhumano. Y es duro decir esto pero la tristeza es una fulana en manos de los ricos que no la sienten pero tienen que nombrarla. Permíteme que no la llame tristeza por esta noche. Deja que la llame, a solas, simplemente, mi camino. De manera peregrina, algunas voces tocaron mi puerta durante un tiempo, otros me llamaban al teléfono sin importar la hora y todos me decían lo mismo: - Ey Javi, tienes que escribir esto. Cuéntalo. Vamos, date una oportunidad. Y lo verdaderamente amable de esta historia es que mandaba al infierno a toda esta gente que por alguna razón se habían tropezado en mi vida. Tengo un vago recuerdo de ellos pero supongo que me querían por algo que había o dicho. Algo de coraje, algunas palabras bien pronunciadas en el momento adeacuado. Les había levantado la moral, sí, pensaba para mi. Pero en realidad la magia solamente salía de la chistera cuando me emborrachaba hasta perder el control y siempre terminaba en casa con algún ojo morado, con el labio partido o con voceando a la casera porque había perdido las llaves. Sé que no es noble contar estas cosas, pero ese pequeño ave que salía por las noches cuando estaba ebrio era la única manera que me empujaba a aporrear un teclado de madugrada o a coger una pluma. En ocasiones, tenía que tirar los relatos a la mañana siguiente con todos aquellos cascotes de vidrio de las cervezas o botellas de bourbon que me había bebido porque sencillamente eran indescifrables. Recuerdo un día en que me hallaba trabajando en la redacción de El Mundo en Madrid y tenía ganas de mear. Fui al servicio y allí entró Pedro ‘Jota’ Ramírez como si fuera un patizambo confundido. Parecía que le daba vueltas la cabeza tras levantarse y aguantar una resaca de campeonato. Y me pareció curiosa la escena de orinar en la letrina de al lado de un tipo al que tiempo atrás, al menos, me hubiera gustado saludarle y mantener una conversación. Pero no una charla banal acerca de periodismo sino que me contara cuáles eran sus pretensiones en la vida, qué hacía cuando se iba a su casa... esas cosas. Pero lo cierto es que no le dije nada. Vi su cabeza que parecía querer caerse de su cuello y perderse por el sumidero con unos ojos casi blancos. Me impactó, estaba como en un estado de shock, tal vez por el trabajo o por alguna droga que se había metido en el despacho. Aquello fue una de las bases que me permitieron tomarme el currelo con más tranquilidad. Siempre que lo cuento la gente no me cree. Como cuando digo que estuve en las bodegas de José María Entrecanales, el ex presidente de Acciona y su bodeguero comentaba que le quedaba poco tiempo. Es verdad, falleció poco después y aquel día de campo, sin embargo, todo pintaba como una gran apuesta eterna de póker a doble o nada. El sol estaba alto, las botellas de vino circulaban en fila india y la compañía era buena. José María Gregorio, su bodeguero, nos comentó que tenía cáncer de próstata, como el totem de los Polanco, que, por cierto eran unos grandes amigos. Lo que nunca entendí fueron las “bondades” de la prensa poque poco después dijeron que había fallecido por otra causa. En fin, había cosas de los demás como ésta que me hacían odiarme y con ello esa segunda piel de periodista que no sé de qué herencia temprana o lejana la había heredado. Pero tenía la necesidad de contar cosas, lo que ocurría es que siempre acababa detenido en el cuartel y nunca tenía un papel a mano, salvo cuando la noche era tranquila, los coches pinchados aparcaban sus jorobas contra la acera, los jóvenes terminaba su delirio de alcohol sin nunca aprender a beber y los portales se tragaban las últimas luces de la ciudad. Y nuestra tristeza, esa de la que antes te he hablado. Pero no te confundas, la de los chicos de la calle... Después de algún tiempo dando vueltas a la misma idea, siempre pensé que mis miedos estaban ahí escondidos y eso era una gran motivación para escribir cada vez que me metía en líos. Todo cuadraba, encajaba a la perfección y yo era un perfecto infeliz colmado de todo lo que necesitaba. En ocasiones, la policía se encargaba de romperme esos pequeños sueños como si dieran con sus enormes porras en un cristal para mandar callar aunque siempre eran mis costillas el parapeto. Algo así, como aquella vez en que tuve que salir corriendo por subirme a una papelera pero poco a poco el camino de baldosas se iba haciendo más espeso y menos nítido conforme aceleraba el paso. Y detrás de todas estas tristezas había siempre una persona, con su cabello, sus piernas infinitas y sus ojos como dos enormes lunas. “Me enamoraré del momento en la mujer y nunca más de la mujer en el momento”. Eso es lo que pensaba pero nunca luego era así. Todo terminaba por joderse y yo ahondar en un vasto capítulo que no acababa de escribirse. Cartas de Irak, Iwohima, Berlín y ahora desde Bruselas. Las apoyo todas ellas sobre la pequeña mesilla de noche del retrete, donde hay un periódico alemán. Es el Ein Denkmal Für, que está abierto por la página de un artículo titulado Rosa Luxemburgo, ya sabes aquella heroína socialistas que terminaron por ‘cortarle’ la cabeza. Debajo de él sobresale el Economist y en la portada sale una leona herida por varias lanzas que parece ser un grabado a mediorelieve. Persa, pienso. El titular es algo así como “El capitalismo en venta”. Lo aparto y voy para la habitación mientras paso por la de mi compañero húngaro de piso que ya lleva algo más de cinco días desaparecido. Yo, años. Pero, en cualquier caso, no son dos cosas que vayan a quitarme el sueño esta noche de abril. Al menos, tú quédate con estas letras, pequeños trazos que todavía puedo decir que son hijas mías.


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