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  humor > ChistesSobre hombres lobos y el colesterol

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se publicó en la web el 10 de Septiembre del 2007

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  Categoría: humor > Chistes
  Titulo:

SOBRE HOMBRES LOBOS Y EL COLESTEROL En el Sur de un país del Sur vivía una niñita que como solía usar una caperuza verde le decían Caperucita Roja. Muy cerca de ese pueblo de daltónicos residía su dulce abuelita, que de dulce no tenia nada pues en realidad era una vieja crápula que había hecho una pequeña fortuna haciendo prestamos a intereses agiotistas y ahora vivía retirada en una lujosa cabaña a la orilla del bosque. Hacia allí se dirigía la niñita de nuestra historia, que estaba hastiada de que continuamente la confundieran con su homónima del tradicional cuento. “Déjense de boberías, a mi me dicen caperucita roja, solo porque uso una caperuza verde y basta”, solía afirmar con toda lógica la enojada nena a los curiosos visitantes de su pueblito natal. Caperucita hizo auto-stop hasta la casa de su abuelita a falta de un apropiado medio de transporte y luego de viajar junto a escandalosas gallinas en la caja de una vieja camioneta y detener los provocativos avances de un camionero que llevaba una peligrosa carga de desechos radioactivos, logro llegar junto a la venerada y enriquecida anciana. Por el momento solo llegó, pues su abuelita no la atendió de inmediato sino que la hizo esperar en el florido jardín, soportando el helado viento de una tarde invernal, hasta que finalizara la telenovela correspondiente y el habitual programa de chismes de la farándula. Finalizados estos, la abuelita le abrió la puerta y la hizo pasar sin siquiera ofrecer un chocolate caliente a su temblorosa nieta. Ella si lo estaba tomando frente a una estufa encendida y comiendo pastelitos de dulce de leche. Caperucita Roja no dijo ni una palabra aunque se le hacia agua a la boca al ver tantos reconfortantes manjares. No quería despertar la furia de su querida y dulce abuelita, que precisamente era famosa por hacer dulces pastelitos, pero no por convidar con ellos a sus familiares. Vamos al grano, dijo bruscamente la adorada viejecita. Te he llamado pues eres la única nieta tan atrevida y alocada como para cumplir esta tarea. Caperucita se acomodó en el sillón, pues la conversación comenzaba con verdades y parecía tener un final emocionante. He leído en un ejemplar viejo de Selecciones de Reader’s Digest, que la sopa de lobo feroz es buena para bajar el colesterol, detener la artritis y eliminar las verrugas. Las dos últimas cosas no me preocupan tanto, pero lo del colesterol me tiene loca y el doctor me prohíbe todo, incluso se atreve a poner limites a mi inocente consumo de pastelitos de dulce de leche. Caperucita no pudo evitar desviar la vista hacia la poblada fuente de humeantes pasteles y un escalofrío le recorrió el cuerpo, no por miedo al colesterol, sino de simple y puro hambre. Así que la cosa es simple, quiero que vayas al bosque, caces al lobo feroz y me lo traigas para poder hacer una nutritiva y saludable sopa. Como soy una amable y comprensiva abuelita te voy a prestar por un día mi tarjeta MasterCard, para que compres el equipo necesario para dar caza a ese animal ponzoñoso y además una canastita de pasteles para que puedas convidar al lobo y distraerlo mientras lo eliminas de este mundo. Caperucita dio un respingo, la tarea era difícil y peligrosa, pero podría comer algún pastelito como recompensa y además tener la tarjeta de la abuelita…la que ofrecía ciertas ventajas. Esbozando una sonrisa con cierto dejo de maldad, Caperucita le dijo a la abuela que se despreocupara del tema, que diera por hecho la caza del lobo y que por sobre todas las cosas, le diera la tarjeta. Con el adminículo crediticio en su poder Caperucita volvió a la ruta con tanta suerte que volvió a encontrar al enamoradizo camionero, ahora un tanto mas calmado por la bofetada que le había propinado su pequeña pasajera en el anterior viaje y con su vehículo vacío de carga pero aún repleto de altas y peligrosas dosis de radioactividad. En cuanto llegó al pueblo Caperucita corrió a la armería y se compró un Fusil de Asalto Liviano (FAL) modelo 50-00 calibre 7,62 X 51 milímetros, con un sistema de tiro que según el fabricante “asegura al arma una fiabilidad total, independiente de las circunstancias ambientales y reduce la fuerza del retroceso”. Se llevó municiones como para comenzar la tercera guerra mundial y comprobó que fácil es comprar lo que se puede adquirir con dinero mediante MasterCard. De paso compró ropa deportiva, abrigos y prendas campestres como para realizar cientos de expediciones de caza. No faltó la adquisición de un completo guardarropa casual y para la noche, pues había que descansar luego de la peligrosa misión, convenientemente maquillada y luciendo las joyas correspondientes, junto a uno dos modelos de relojes Cartier, por si las pulgas. Como ya estaba cansada del auto-stop y de atrevidos y radioactivos camioneros se compró una 4X4 azul, con navegador, DVD y equipo de sonido estéreo. Así equipada nuestra heroína comenzó su aventura. Una mañana muy temprano, bueno a eso de las 10, Caperucita Roja, ante la envidiosa mirada de sus vecinos, partió hacia el bosque haciendo chirriar los neumáticos ya al salir del garaje. Esta preparada y dispuesta a sortear los múltiples peligros que le deparaba el camino, tales como peajes y las patrullas que podían detenerla al manejar sin licencia, pero la valiente chiquilla confiaba en la suerte y en la enorme velocidad que podía desarrollar su flamante camioneta para escapar de sus perseguidores. Llevaba la vista fija en el navegador, tan fija que se paso 3 stop y otras tantas luces rojas antes del salir del pueblo. Sus previas investigaciones la llevaban a un recóndito lugar del lúgubre bosque donde la leyenda afirmaba que vivía el archifamoso lobo feroz. Bueno tan recóndito no era el lugar, pues el navegador lo señalaba a pocos metros del estacionamiento de un MacDonald’s. Hasta allí llegó nuestra arriesgada Caperucita. Se comió un combo, con la tarjeta claro, y comenzó la travesía del estacionamiento. Al llegar a su fondo, muy cerca del contenedor de basura, tal como lo decía el navegador de su reluciente 4X4, había un claro del bosque por donde pasaba un susurrante arroyuelo. Recostado a un añoso árbol y leyendo un libro estaba el pestilente, aterrador y taimado Lobo Feroz. Caperucita escondió el rifle, (FAL calibre…etc. etc.) entre sus ropas y sosteniendo temblorosamente la canastita, dijo con trémula voz: - Buenas tardes señor Lobo Feroz, soy Caperucita Roja y le traigo estos pastelitos de parte de mi abuelita para que usted alegre su estómago. El lobo apartó la vista del ejemplar de 100 Años de Soledad, que ya había leído 99 veces, pues los libros no abundaban por el bosque y miró a la niña sorprendido. - Caperucita Roja, pastelitos, abuelita, lobo… acaso esto se parece al cuento de… - ¡Basta ya! exclamó Caperucita, estoy aburrida de esa historia… - Y yo de 100 Años de Soledad, pero por aquí no hay otra cosa, dijo el animal, tratando de calmarla. - Bueno señor lobo, cómase los pastelitos y déjese de tonterías, pues me tengo que ir a hacer las tareas de la escuela, mintió descaradamente nuestra astuta niñita - No te enfades, dame la canastita y puedes irte, a propósito no has traído café, te o chocolate, pues a pico seco los pasteles me caen mal, protestó tímidamente el lobo feroz. - Solo puedo ir a comprarle una Coca Cola Diet a MacDonald’s y no pida mas, dijo la protagonista principal de este aburrido relato. Mientras el lobo comenzaba a deleitarse con los pastelitos, dejando a un lado el gastado libro, Caperucita hizo que regresaba sobre sus pasos, pero se escondió tras un árbol. Entonces extrajo de entre sus ropas la potente arma y con un gesto desalmado en su rostro comenzó a ajustar la mira telescópica para poder eliminarlo de un solo y certero disparo. - Yo si fuera tú no dispararía. La voz resonó en sus oídos y realmente la sorprendió. Miró hacia atrás y junto a ella estaba el cazador (el otro personaje del tradicional cuento, pero mejor no decírselo a Caperucita). - ¿Por que no? - Porque hace muchos años el Lobo Feroz fue declarado especie en extinción, al hacerse famoso por un cuento infantil que… - Si ya se, basta con esas pavadas usted también. - En definitiva niña, si lo cazas la multa que te ponen no la vas a poder pagar ni con la tarjeta de tu abuelita. Caperucita quedó paralizada entre dos interrogantes. Como sabia este cazador que llevaba consigo la apreciada y cargada tarjeta de la malvada anciana y como iba a hacer para cumplir con la tarea asignada, luego de haber gastado tanto dinero. - Es que mi abuela me pidió que cazara al lobo para hacerle una sopa que le bajaría sus altos índices de colesterol. - Já, como siempre Selecciones se equivoca, pues la carne de lobo feroz tiene alto contenido graso y por lo tanto facilita la acumulación del colesterol en el sistema circulatorio. Otra vez, pensó Caperucita, como sabe el cazador que mi abuela lo leyó en Selecciones y como conoce las características bioquímicas de la carne de este fastidioso animalejo. Antes de que Caperucita pudiese abrir la boca, el cazador dio una brillante idea. - Llevemos a tu abuelita un muñeco hecho con verduras, le decimos que es el lobo, basados en su desgastada vista a causa de fijarlas todo el día en las telenovelas de la televisión; ella luego se hace la sopa vegetariana y realmente le va a bajar el colesterol. A Caperucita le pareció una excelente idea y ya no se preguntó como el cazador sabía sobre la adicción de la abuela por las telenovelas. Fue a comprar la Coca Cola al lobo, quien enterado de la historia les acompañó al supermercado a comprar lo necesario para hacer un lobo vegetariano, comenzando una gran calabaza para su cabeza y dos grandes zanahorias en lugar de orejas. Y así fueron Caperucita y el cazador a la casa de la abuelita a mostrarle el resultado de su cacería. - Pero que cabeza mas redonda tiene este lobo, dijo la viejecita. - Es para pensar mejor en sus maldades, se les ocurrió contestar a los atribulados orfebres. - Que orejas mas rojas tiene. - Es por la vergüenza de ser tan malo. - ¿Y los dientes? - Se los había sacado para lavárselos luego de haber devorado algún pobre inocente cuando lo sorprendimos y fríamente le dimos muerte. Convencida del éxito de la expedición, la abuelita ni corta ni perezosa cortó el pretendido lobo feroz en pedacitos y cocinó una sabrosa y sana sopa que guardó en 365 pequeños recipientes en el freezer, para tomar como única comida un año seguido y bajar el colesterol, cosa que logró. ¿Y Caperucita Roja? En primer lugar nunca devolvió la MasterCard a su olvidadiza abuelita por lo que no tuvo más problemas económicos, aunque se consiguió un puesto de bibliotecaria en el pueblo al ser el trabajo mas tranquilo. Tenia solo dos clientes, el cazador que pedía y pedía el mismo ejemplar de “1001 Recetas Vegetarianas” y el Lobo Feroz que leía todas las ediciones de “100 Años de Soledad”. Lo más importante es que la niñita comenzó a crecer y su relación con el lobo feroz paso de amistad a cosas mayores. Vivieron algunos años en un muy comentado concubinato que luego transformaron en un feliz y prospero matrimonio, del cual nacieron varios rollizos niñitos lobos que se transformaron en emprendedores y exitosos hombres-lobos que dieron origen a mil y una leyendas que aún se comentan en todo el mundo igual que el cuento sobre el que nuestra heroína sigue sin querer hablar. FIN


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