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  fantasia > EpicaSniper (F)

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se publicó en la web el 09 de Enero del 2008

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  Categoría: fantasia > Epica
  Titulo:

La muerte se acercaba y todos lo sabíamos. No había esperanza puesto que los ansiados refuerzos no llegaban y en cambio si los del enemigo. Por alguna razón nadie había podido cortarles el paso y lo más importante, sus fuentes de suministros. Nuestras horas estaban contadas y nos harían morder el polvo para demostrar su ira e inmisericordia.. De cualquier modo, se lo tomaron con calma, rodeando la ciudad y esperando en los cuarteles que no pudieron ser asaltados. El tiempo jugaba de su parte e iban cerrándonos cualquier acceso para que no nos pudieran traer municiones o comida. También vigilaron cuidadosamente el espacio aéreo para no recibir alguna sorpresa de nuestros aliados. Pasé la noche en esa ventana, observando la lejanía mientras fumaba nerviosamente. No solía hacerlo, pero ese era un día especial… La familia a quien sorprendí no quiso irse de aquel lugar a pesar de mi insistencia. Incluso quisieron llevarme a un hospital. Yo no quería abandonar mi puesto, ya que el ataque se repetiría por ese sitio aunque con muchas más contundencia. Con total seguridad, ya estaban colocando baterías de artillería para preparar el camino a sus divisiones sobre los escombros que iban a dejar. Había perdido bastante sangre, pero la tensión me mantenía lúcido. Me estaba preparando psicológicamente para morir. Siempre tuve presente mi muerte, por el tipo de vida que escogí, pero esta vez sabía el día con gran seguridad. De mi no quedarían mañana ni los despojos entre un montón de piedras. Nuevamente me puse a elucubrar sobre cuál sería mi vida si sobreviviera. El paso al ostracismo y a ser un paria. Como muchos de nosotros caería en el alcoholismo, para no pensar en tan horribles recuerdos, en los sacrificios propios y ajenos que tuvimos que hacer. Lo pronto que se olvidarían de nosotros y nos mostrarían el desagradecimiento tan propio de la condición humana. Las pesadillas que hacían tener presente ese horror las 24 horas del día. Sin contar que las experiencias posteriores, serían un vano intento por sentirnos vivos. Nada se podía comparar a esta lucha por sobrevivir, era una monstruosa excitación constante. Antes de la guerra, yo ya había vivido todo lo que una persona podía desear. Había conseguido algunas metas, buenos amigos, algún amor platónico y otros reales. Había visto mundo, aprendido muchas cosas de los libros y de las personas que me rodeaban. Parecía realmente que la vuelta a la vida normal, sería el retorno a una constante repetición de experiencias ya vividas. Hermosas la primera vez, cuando aún era una persona inocente y llena de fe. Vacías al poder encontrarle una explicación lógica a todo y tener ya el prejuicio de lo difuso de cualquier placer o sentimiento. A mi joven edad, ya creía haberlo vivido todo y no me producía la más mínima curiosidad una alternancia ficticia de las mismas sensaciones. Con todo esto, no me importaba lo más mínimo morir, unido a que así me sentía como un héroe y no un inútil más, que formara parte de la rueda productiva. La mujer que conocí recientemente y que tan hondo me caló, ahora era solo la dolorosa sensación, de que no había nada mejor que ella y que en cierto sentido, desvirtuaba su recuerdo buscando cuando ya había encontrado la perfección. Lloraba mientras pensaba todo esto, por todos los recuerdos que pasaban a través de mis ojos mientras observaba las estrellas de esa hermosa noche, tapadas a veces por el humo de la ciudad en llamas. Realmente deseaba morir porque estaba cansado de todo, especialmente de mi mismo. La familia me observaba respetuosamente y no quiso decir nada. Quisieron respetar mi último momento de intimidad y posiblemente el suyo. La sangre seguía goteando de mis heridas y me empecé a marear. No quería irme y me mantenía como podía en mi puesto. La ira me embargaba, unida a la vergüenza por no poder cumplir mi cometido. El rifle se me cayó de la mano y al intentar recogerlo, me desplomé. Me desperté y solo veía una mancha blanca. Poco a poco se fue haciendo nítida y pude vislumbrar un techo del mismo color y unos instantes más tarde, unos rostros difusos. Mientras recobraba la vista pude ver que eran los padres y sus dos hijas, que a buen seguro me arrastraron al hospital más cercano. Me sonreían cálidamente y me pidieron disculpas por haberme traído hasta aquí a pesar de saber que yo me negaba en redondo. También me daban las gracias por haberles advertido de todo el peligro y de haberles intentado poner a salvo. Les sonreí con tristeza y me resigné como pude. Tras un rato, empecé a tomar conciencia de todo mi entorno. Oía los lamentos de todos los que a su vez habían sido heridos. Los gritos de personas a las que operaban sin anestesia y suplicaban para que mitigaran su dolor. Si no fuera porque ya los había oído tantas veces, me desgarrarían el alma. La artillería había comenzado a cantar y me asomé a la ventana a contemplar el espectáculo. Los tejados de las casas se derrumbaban y los cristales estallaban en mil pedazos. Lo más espantoso eran los aviones que volaban a baja altura masacrando a los civiles que corrían por las calles, por el puro placer sanguinario de la venganza. Esto si era el fin y en breve tiempo llegarían las divisiones enemigas. A lo lejos ya se oían las ametralladoras y los disparos de los tanques. Cada edificio se intentaría convertir en una fortaleza. Pude ver a los lejos acercarse los tanques, precedidos por tropas de lanzallamas, que iban quemando casa por casa. Personas aterrorizadas o ardiendo se lanzaban al vacío sin ninguna esperanza de salvarse. Ellos a su vez también sufrían pérdidas, por los disparos que provenían de mil sitios distintos. Pero se guarnecían y esperaban a que los tanques, la artillería y los aviones destruyeran todo a medio kilómetro a la redonda. Tenían muy claro, que no debían tener escrúpulo alguno si pretendían vencer lo antes posible y al menor coste, aunque la ciudad desapareciera. Oí como algunos de los miembros de la resistencia, se planteaban si no matar a todos los heridos del hospital para evitar que les torturaran. La batalla arreció al llegar la noche y el enemigo solo había avanzado unos metros en el interior de la ciudad, pero no pasaba nada pues tarde o temprano sabían, que lo conseguirían. Yo ya me iba recuperando y era incapaz de dormir esa noche. Ya había dormido todo un día y la tensión me mataba. Me dediqué a observar la noche, como tanto me gustaba hacer, aunque el hospital rezumaba de vida, pues no era el único con insomnio. Cerca podía oír y vislumbrar a través de un biombo a una enfermera que se abrazaba apasionadamente a un hombre. Un herido de al lado, también insomne, me comentó que cada noche se repetía la misma escena, aunque iban cambiando los invitados a disfrutar de ese placer tan vital. No la juzgué por ello, por diversas razones. En la guerra, al ver tanta muerte cerca es inevitable sentir un deseo reproductivo tan fuerte, además de la consciencia de que se puede morir en cualquier momento, desinhibe todo prejuicio. También pensé, en como tanto horror abotarga el cerebro y nos hace cometer actos que ni siquiera nos gustarían aunque no tuviéramos miedos y prejuicios. Sentí cierta tristeza al ver todo eso y tantas ilusiones destruidas en millones de personas. Me recordó, como también había visto a muchos chicos y chicas, antes de la guerra, actuar de forma absurda por todo lo contrario. Tener relaciones únicamente por no ser los únicos solos, por lo que dirían los demás, aunque no quisieran hacerlo y no amaran a su pareja. Mientras pensaba en esto giré mi cabeza y observé algo mirándome desde la oscuridad. Era una de las hijas, sentada contra una pared, abrazando sus piernas y observándome con serenidad y tristeza con unos enormes y preciosos ojos azules. Me quedé mirándola pasmado, sin saber que hacer, contemplando como a pesar de ser joven, ya se había convertido en una hermosa mujer, de talle delgado y liso y piernas largas y dulces que escapaban a mitad de la falda, de su vestido destrozado. Observó brevemente a la enfermera y se levantó dirigiéndose hacia mí. Pude observar su figura mientras avanzaba torpemente y el vestido lleno de agujeros daba una cierta armonía a su feminidad joven y natural. Se introdujo entre mis sábanas y me abrazó. La besé dulcemente en la frente y así dormimos abrazados hasta el alba. Me despertaron los disparos de fuera, que parecían ser ya justo bajo el hospital. Me alarmé y busqué mi arma, que alguien había tenido el buen detalle de dejarme debajo de la cama. La enfermera estaba justamente con otro paciente embriagada de lujuria y no oyó los pasos que subían por las escaleras. Instintivamente me escondí tras unas camillas rotas tiradas en un rincón. Entraron unos diez soldados y comenzaron a reírse y a un mismo tiempo a mostrar repugnancia ante al enfermera, medio desnuda. Con todo desprecio clavaron las bayonetas sobre su hermoso cuerpo por todas partes, dejándola hecha jirones. Yo observaba horrorizado, sabiendo que nada podía hacer pero sintiéndome como un miserable por no intentarlo. Lo peor vino después… Encontraron a mi acompañante de esa noche. A la inocente joven, que solo buscó un poco de cariño, en espera de la muerte, ya ni siquiera una satisfacción lasciva. Solo un abrazo, un beso, un poco de calor humano. Destrozaron su vestido y la persiguieron desnuda por la habitación. Para ellos era un juego asustarla de un lado para otro a una mujer tan apetecible y frágil. La enfermera por ser demasiado mujer les daba asco. En cambio sentían el típico y miserable morbo por una persona desvalida. Ella lloraba mientras corría y ellos le cerraban el paso con gritos monstruosos. Por fin empezó la carnaza y comenzaron a violarla de todas las formas posibles. Ella gritaba e intentaba zafarse, pero así solo recibía puñetazos que hacían sangrar su hermoso rostro y perder algunos dientes. Estuvieron así un buen rato, mientras yo solo miraba, desesperado, sabiendo que esa era la única forma de que algunos saliéramos vivos de ahí. Cuando terminaron con ella, le dispararon en la nuca y se dispusieron a matar a todos los enfermos de la sala. Dieron la orden y se fueron todos mientras uno hacía el trabajo. Ví mi oportunidad y me abalancé sobre él cortándole el cuello con un cuchillo del que jamás me separaba. Me encontraba rabioso, poseído y deslicé el cuchillo por mi lengua para saborear la sangre de mi víctima, que sería el preludio de todas las demás. Se habían ido separando para poder acabar cuanto antes con los enfermos. Y yo fui cuarto por cuarto degollándolos sin misericordia, como un depredador que solo busca cazar sin sentido alguno. Cuando terminé salí corriendo por la puerta con mi rifle, para buscar a más enemigos y tratar de contenerlos donde aún hubiera compañeros. Contuve mis lágrimas por lo que acababa de vivir, obcecándome en lo último que me quedaba por hacer en esta vida. De pronto, recibí un disparo, que por poco pude haber anticipado, pues ví la silueta. Con un último ademán, disparé al francotirador al que atravesé la garganta. Al instante, me agarré el estómago, presa del dolor más horrible imaginable. Sabía que esto era mi fin, pero me resistí a ello. Seguí avanzando encorvado entre la nieve hasta que caí de rodillas, escupiendo sangre. Contemplé que las gotas contrastaban con el blanco de la nieve y me acordé del cuento de Blancanieves, dónde su madre, decidió ponerle ese mismo nombre, por lo pálido de su rostro y lo rojo de sus mejillas. Me entró una risa sarcástica por tener pensamientos tan infantiles en un momento asi, pero escupí más sangre. Me dí cuenta de que deseaba vivir y me estaba arrastrando en busca de una ayuda que no llegaría. En ese momento supe que lo que pensé la noche anterior, solo fue producto de una justificación momentánea. Seguía amando la vida, mi vida. No había monotonía en una mujer sonriéndome cada noche mientras me acostaba. No la había en cada libro por descubrir, en una de tantas charlas y vino con amigos estupendos. No había nada de malo en mi vida, puesto que lo tenía todo y siempre podía descubrir algo más. No faltaban cosas en la vida que no me pudieran inquietar, que no fueran lo suficientemente complejas para estimular mi curiosidad y mis ansias por conocer y sentir. Pero ya era tarde…la sangre chorreaba de mi estómago y yo me estaba atragantando con ella y dolorosos espasmos, mientras hundía mi cabeza en la nieve, retorciéndome de dolor y exhalando un último suspiro para convertirme en la nada.


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