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  fantasia > EpicaSniper (D)

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se publicó en la web el 09 de Enero del 2008

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  Categoría: fantasia > Epica
  Titulo:

Arrugué con fuerza la carta y luego otra vez la estiré y releí varias veces. Eso lo explicaba todo. Pero la explicación no suponía ningún consuelo, porque mostraba la grandeza de esa mujer que acababa de asesinar. Y por mucho que ella decidiera hacerlo y se lo mereciera, para mí era un vano consuelo. Envolví la cara en mis manos, llorando sin parar. Cogí una caja de botellas que tenía escondidas y comencé a beber compulsivamente. Me quedaba horas mirando el techo de mi cuarto, tirado en el suelo y mareado de tanto beber. De vez en cuando iba al servicio por las náuseas que sentía de tanto alcohol y ningún alimento. Abrazaba mi rifle, tantas veces desmontado y engrasado con devoción y mi apuntaba a la cara, para darle un último uso, pero no me atrevía o no le encontraba sentido a hacer algo así. Ese rifle había sido durante años mi único amor. Era la razón de mi existencia, lo único que tenía en mente cada vez que salía de mi casa. Matar por un ideal, por una necesidad o por un mero placer. No podía evitar disfrutar con lo que hacía porque creía en mi misión y me sentía importante al tener tanto poder, pero al mismo tiempo sentía náuseas. Y desde que apareció ella, ese rifle no era más que un juguete, una mentira que me había creado para olvidar el sentido verdadero de mi existencia. Pasados unos días era un completo despojo humano. Antes, cada mañana me levantaba y me ponía una camiseta. Salía a mi pequeño balcón y respiraba el aire gélido de mi ciudad mientras se me refrescaban los hombros. Me encantaba ese instante, en el que aún no pensaba en nada, en que estaba completamente liberado de mis penas, mientras miraba mi ciudad en ruinas y captaba la esencia de muerte que llevaba. Seguía siendo una ciudad hermosa y me deleitaba viendo a algunas personas caminar por sus calles y levantarse en los pisos de enfrente.. Recuerdo que un día entraron los soldados en el bloque que había delante de mi balcón. Se llevaron a una familia a excepción de una niña, que no debía estar o se habría escondido. Poco después ví a la niña, sentada en el suelo y abrazada a sus piernas. Lloraba desconsoladamente porque sabía que su familia no volvería. Ví como los vecinos querían ayudarla, darle de comer. La trasladaron a vivir con ellos. Se quedaba mirando por el balcón y yo cada mañana la miraba a su vez. Nunca nos saludamos, solo nos acostumbramos a vernos cada mañana. Un día me miró fijamente, sonrió de forma radiante y saltó por el balcón precipitadamente. Nunca supe por qué me sonrió, quizás porque era feliz de acabar con su agonía. Ahora yo me arrastraba por mi habitación únicamente para coger otra botella o desalojar el alcohol de mis venas en el servicio (si es que conseguía llegar). Daba pena verme. Días antes era un disciplinado profesional del asesinato y la defensa de un ideal, una tierra, lo que me parecía justo. Ahora solo un individuo que se compadecía de si mismo. Mi vida había dejado de tener sentido. Ella había sido la única persona que me recordó lo hermosa que podía ser la vida, después de que la niña y mil historias más me dijeran lo contrario. De repente, al recordar eso, hice una breve reflexión. Ella no murió para que yo terminara así. Quiso transmitirme algo. Me levanté con dificultad y me metí en la ducha. Sentí sobre mi piel el agua helada que descendía por una piel seca y cuarteada por tantos días de borrachera. Salí silenciosamente a la calle para comer algo y pensar en ello. Al volver, nada se me había ocurrido. Mientras me sentaba en la cama y volvía a entristecerme, noté debajo de mis pies una caja, que llevaba allí años. Era mi viejo violín, que no había tocado desde antes de la guerra. Algún día lo intenté, pero no me salía ni una nota. Cada que vez que me ponía, algún recuerdo desagradable me obsesionaba y me impedía concentrarme. Pero esta vez lo cogí con otra actitud. Intenté tocar una nota y no me salió. Decidí salir al tejado, desde donde había una hermosa vista de la ciudad que tanto amaba. El sol se estaba poniendo y su lengua naranja, hacía surgir los colores más vivos de las nubes, los edificios y el horizonte. Los colores ocres y rojos eran pura poesía. Sentí el momento y por fin me salió una nota, luego otra y otra. Me sentí seguro y me brotaron de memoria melodías completas de Bach y Haendel. El momento era glorioso mientras el sol se escondía tras la silueta de los edificios. Me puse a pensar en todo lo que ella me había dicho con su carta y con su sacrificio. Ella descubrió ambos lados de la vida. Vio como el poder de la violencia, la intimidación y la conspiración, son sugerentes y placenteros en un principio, pero que nunca perduran. Los tiranos son tan necios que se sienten seguros en su dominación, pero muchas veces son inconscientes de que no es respeto lo que tienen y que en cuanto muestren debilidad se les lanzarán encima. Vivirán siempre con el terror y la fragilidad que da ese poder tan superfluo. No sabrán nunca lo que es ser amado y creerán no necesitarlo, por estar encima de todo tipo de sentimiento. Pero si necesitarán de esa demostración constante ante todos y ante sí mismos, de su poder. Quizás nunca se den cuenta, del mérito que tiene conseguir ser amado por los que te rodean y como, nunca te dejarán caer, si sus sentimientos hacia ti son sinceros. Todos disfrutarán en cambio, con la derrota del tirano y este solo podrá rodearse con personas de la misma ralea. Eso es lo que también ella debió descubrir, y es que era tratada bien por los suyos, mientras fuera útil. Pero no podía esperar agradecimiento, lealtad, cariño, de quienes justificaban el crimen, la mentira y la conspiración mediante aparente patriotismo. Sabía, que ella seguiría, con cierta probabilidad, el destino de sus víctimas, si por casualidad, parecía demasiado ambiciosa o independiente para los suyos. No tenía un buen final su historia y lo que es peor, tampoco iba tomando un buen desarrollo. Ya no hacía lo que le parecía justo. Los placeres dados por el poder, eran muy superficiales con el mérito, el sacrificio y el esfuerzo que suponía dejarse querer y luchar por los seres queridos. Eso descubrió en esas personas tan sencillas y tan inferiores en apariencia. La verdad no estaba en la superioridad intelectual o económica, sino en las cosas más básicas de la vida que todos buscamos de forma instintiva. Había experimentado lo más complejo y retorcido de la vida, para descubrir que un mero abrazo o el desinterés de alguien por ella, supondrían la mayor felicidad de todas. La Biblia siempre valora a las personas que se arrepienten, que toman conciencia de sus errores. Ciertamente no tiene mucho mérito ser bueno en algo o de principios correctos, si así le fue inculcado o simplemente fue innato de esa persona. Pero por encima del arrepentimiento por temor a Dios, está el mérito de descubrir nuestro error dentro de la ética que teníamos ya en nuestras cabezas y con la que justificábamos nuestros actos. Un cambio en esa forma de ver la vida, basándose en la razón y en la experiencia, es lo más grandioso que puede existir. Ella tenía esa grandeza. Y con su sacrificio le enseñó algo tantas veces repetido y rara vez escuchado. Que la vida merecer ser vivida, por los que amamos, por lo que amamos, por nuestras creencias. Ella murió por amar demasiado la vida, por el conocimiento de que nuestros actos tienen sus consecuencias y también, porque encontró a alguien parecido a ella, que había olvidado todo eso y por quien quiso hacer un último sacrificio por amor a la verdad y la condición humana. Todo esto pensé mientras seguía tocando, mientras la melodía se fusionaba con mis pensamientos y el increíble paisaje. Esta vez, una idea tan obvia, me golpeó con contundencia y sentí paz y alegría, mientras las estrellas arropaban la ciudad milenaria con su luz y la música del violín evocaba todas las cosas hermosas de la vida.


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