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  terror > Hechos realesSeparación

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se publicó en la web el 18 de Febrero del 2009

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  Categoría: terror > Hechos reales
  Titulo:

Dos meses. Exactamente habían pasado dos meses desde que me separé de él. Recuerdo aquel dolor tan claramente en mi memoria que con tan solo imaginarme de aquel momento, vuelvo a hundirme en aquella interminable depresión. Varias veces me pregunte si realmente me merecía lo que me estaba pasando…, hasta ahora la misma pregunta vagabundea mi cabeza. Lo quería de mil formas, no había ni un solo momento que no pensara en su salud, su bienestar, y su cariño. Él me devolvía el mismo afecto a su manera. Nuestro cariño era mutuo, traspasaba fronteras, entonces ¿Por qué la vida nos jugo sucio? ¿Por qué Dios permitió eso? ¿Acaso era una prueba del destino que nos tocaba afrontar? No lo sé y me temo que esas respuestas nunca se me serán concedidas. Siento que la vida no me dio tiempo suficiente para expresarle todo el amor que llevaba dentro, aquel agonizante dolor que me carcomía las entrañas. Solo quería expresarle lo único bueno que me mantenía con vida, mi amor por él, mi salvador, mi guardián, mi protector, y ante todo mi padre. Recorriendo el camino de mis recuerdos, encontré uno que más tarde me revelaría lo que la vida nos tenía preparada. Desde que era muy pequeña, Papichi acostumbraba a darme libros muy avanzados para mi edad, pero aunque la idea no me agradaba del todo, el hizo que mis horizontes se expandieran cada vez más. “Veras,” me decía, “La razón por la que te doy esos libros en especial es para que vayas formando tu propia personalidad,…, desde ahora.” “Papichi, tengo diez anos. ¿Cuál es el apuro?, tengo toda una vida por delante.” “Algún día no estaré contigo para guiarte, ¿sabes?” “Sí, lo sé, pero para eso falta muchísimo ¿verdad?”- No sabía que una pregunta de esa naturaleza lo destrozaría de una manera tan miserable que en aquel momento lo único que hizo fue apretarme fuertemente entre sus brazos por un lapso de tiempo indefinido, tratando de esconder sus lágrimas en mis cabellos. Sentí su dolor como si fuera el mío propio, como las llamas de tristeza e infelicidad me consumían justo en aquel instante. Recuerdo cuando se aparto de mí, luciendo con más anos encima, diciéndome: “No hay mal que por bien no venga. Recuérdalo siempre, Elena.” En aquel momento no entendí a lo que se refería, no hasta después de cinco anos. Con pocas palabras me rebelo lo que me esperaba en el futuro, un futuro lleno de triunfos como también de desgracias. Él lo sabía, aunque aquella vez no me lo dio directamente, lo sentí. No, me negaba rotundamente a lo que me estaba pasando, no podía ser cierto. Los lazos que nos unían eran inmensos y de la noche a la mañana no podían ser destructibles. Sabía que estando lejos no sería lo mismo. Me quería, lo sabia cada vez que me levantaba en las mañanas con un beso, cada vez que me decía te quiero de mil formas. Nunca olvidare esas charlas antes de irme a acostar; buscando cualquier pretexto para mantenerlo sentado junto a mí. Aquellos momentos sentía que no solo era mi padre, sino también mi mejor amigo y confidente. “No trates de esconder tus sentimientos y emociones, Elena. De alguna u otra manera libera lo que hay dentro de ti. Deja que el mundo escuche tus ideas y vea tus virtudes,” El contemplaba la pureza y belleza que escondía mi alma, solo sus palabras podían darme esa paz interior que necesitaba. Sin embargo, alguien tal vez, nos tenía preparado una prueba que era peor que la misma muerte, ya que si no estás suficientemente preparado te mata lentamente. Aquel dolor como cuando me cuando Papichi me transmitió en esa noche estrellada. Ese dolor que dejo su rastro en mí, iniciando el comienzo a un nuevo camino a la verdadera realidad. Hay cicatrices que por más que pasen mil años no se llegan a cerrar completamente. Recuerdo el día de decir adiós; trate de mirar su rostro por última vez, pero bruscamente lo aparto de mi vista. “Sé fuerte, Elena. ¡Basta de sentimentalismos!, te irás a otro país cruzando fronteras. Necesitas ser el apoyo de tu madre y de tu hermano,” en eso me tomo por los hombros y me apretó fuertemente entre su pecho, “Prométame que lo harás, prométemelo.” La muchedumbre iba y venía a nuestro alrededor, un conglomero de caras conocidas se aproximaron a nosotros diciendo palabras de aliento y de fuerza. Hubieran sido reconfortante oírlas en otra ocasión, no ahora,…, no justo ahora. Mi mente no respondía a esas voces; es más las sentía tan distantes, tan distintas, tan desconocidas. Solo su voz, aquella voz que había escuchado por quince años de mi vida, tenía efecto en mí. Se lo prometí, prometí ser fuerte, aunque en ese momento me sentía vacía, sin esperanzas, sin ganas de vivir, pero pese a todo, eran sus palabras las que me levantaban nuevamente. Como olvidarme de aquellos ojos que irradiaban esperanza hacia mi persona, su rostro, sus manos, especialmente sus palabras. “Vamos, Elena. Ya es hora de irnos,” me decía mi madre. Por un momento, todo pareció detenerse y desaparecer ante mí. Solo podía escuchar el sonido de mis pasos alejándose. En eso, cuando le entrego los pasajes de avión a la señorita encargada, vi el rostro de mi Papichi que dibujaba una enorme sonrisa, cálida y nostálgica a la vez. Pese a las lágrimas que corrían por sus mejillas siguió sonriente con los pulgares levantados hasta que mi madre, yo, y Mariano desaparecimos detrás de la entrada de embarcación. “Pasajeros del vuelo 918 de la línea Continental Airlines con destino a New Jersey, por favor sírvanse a pasar a bordo.” Mama se levanto y me hizo señas para que le ayudara con el equipaje. De repente, sentí una mano que me jalaba por detrás. Era Mariano, con una mirada perdida y desconocida en su pequeño y joven rostro; le sonreí diciéndole: “¿Sabes? Me han dicho que la comida de los aviones es realmente buena. Vamos a darnos prisa, ¿Vale?” Asintió con la cabeza sin soltarme. Me preguntaba cuánto dolor mas tenía que soportar; una vez dentro del avión, me incline hacia Mariano y lo abracé. “No tienes por qué esforzarte tanto en ocultar tus lagrimas. Solo déjalas salir y veras que te sentirás mejor, hermanito”. “Duele…, me duele mucho,” decía Mariano con lagrimas que humedecían su rostro, “Has que paren, por favor.” Tenia que ser fuerte, no importaba si me estaba destrozando por dentro. Se lo prometí a Papichi, se lo prometí… Una y otra vez el recuerdo de cuando me separé de Papichi aparecía en mis memorias, cada vez hundiéndome más en el llanto. Si alguna vez supe hacia donde iba, ahora no lo sabía; simplemente no tenía rumbo. Sólo me esperaba un futuro incierto donde lo desconocido habitaba. En ese momento no me importó averiguar lo que me esperaba. Sólo quería acabar esa vida, aquella vida que alguna vez el ser supremo me la dio. No más recuerdos, promesas rotas, ni dolor agonizante. Todo acabaría muy pronto; perdía la razón con el pasar de los segundos. Había ganado, pues. Aquel ser macabro y maligno que vivía dentro de mí había ganado. Sólo lo que planeaba hacer tenía un nombre... ...Suicidio...


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