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se publicó en la web el 17 de Enero del 2007

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  Categoría: terror > Hechos reales
  Titulo:

PASEO por Alan De Las Casas Mientras corría, sus pasos resonaban en el aire que vibraba a su alrededor. Sólo sus pasos. Su respiración, agitada, subía y bajaba como un desafinado instrumento de aire tocado por poco virtuosas manos, cortándole la respiración y limitando sus movimientos. Nunca supo durante cuánto tiempo estuvo corriendo, buscando llegar a lo que en su mente constituían sus sueños y esperanzas, sintiendo poco a poco cómo aquella llama que creía extinta resplandecía una vez más con fuerza. Pero sabía que si se detenía la alcanzarían. Ellos la alcanzarían. Sus pulmones ardían más a cada paso que daba, mientras su cuerpo volaba entre las paredes que la rodeaban, grises como una gota de lluvia en una tarde de llanto. Cada paso era un suplicio, dolía infinitamente, pero no había descanso. No podía volver atrás. A lo lejos, vio brillar una luz, oro pálido en una tierra en tinieblas. El sonido de un buque, tan alto como el desesperado grito de auxilio que nunca llegaría a salir de sus labios, la distrajo del punto fijo en el que su horrorizada mirada estaba clavada: su meta. Si llegaba al muelle estaría a salvo. Sus perseguidores no lo sabían, pero ella no estaba sola. Sus amigos la ayudarían. Tan sólo debía encontrarlos. Tropezó en el irregular y estrecho camino, única vía al muelle del lado oeste de la ciudad. Mientras caía, sus largos cabellos rojos, una vez brillantes como la llama de una hoguera, se soltaron de la trenza en que había logrado aprisionarlos, y se desparramaron sin sentido sobre su sucio rostro, ya no más terso y suave. Por instantes, cubrieron sus verdes ojos, luminosos como esmeraldas a la luz de mil antorchas. Sintió el contacto con el suelo, y un sabor de algo nuevo en su boca: sangre. En unos segundos, se apartó el cabello de la cara y se puso de pie, escuchando atentamente. Nada. Por un instante se sintió segura, creyente en su desesperación de haber burlado a aquellos que la buscaban, y empezó a dominarse. Fue justo entonces cuando los escuchó. Una voz a lo lejos, y el sonido sordo y compacto de sus pisadas a la carrera. Pero lo que logró paralizarla de terror fue el sonido de las cadenas que llevaban a la rastra, un sonido con el que, por desgracia, estaba muy familiarizada. Eran las mismas, estaba segura de ello, tantas veces las había oído campanear en el último mes, al moverse, al dormir, al despertar… siempre ese sonido maldito, tan agudo y frío, cortante como un helado cuchillo abriéndose paso por las entrañas de sus pensamientos. Estaban en sus recuerdos, en sus sueños, e incluso las había descubierto en lo poco que podía reclamar suyo: sus fantasías. Era inútil querer escapar, porque era su mente lo que ahora estaba atrapada. Cadenas. El buque dejó oír su llamado por segunda vez, apagando su luz, y fue quizá esto lo que la arranco de su terror imprudente. Luchando contra la desesperación, se obligó a pensar solamente en su meta. Tenía que llegar al muelle, por su bien… y el de sus amigos. Debía alertarlos, tenían que enterarse de lo que había pasado con su padre. Este pensamiento se repetía en su mente. Sus amigos la ayudarían. Empezó a correr, y como para rendirle homenaje a su valor, su cuerpo le respondió mejor de lo que se habría atrevido a esperar. Las cosas que había vivido la habían debilitado: los golpes, el hambre, el insomnio, la desesperanza… y las cadenas. Volaba a la par del viento, convirtiendo sus alrededores en una uniforme y borrosa mancha gris que se sucedía sin interrupción. No había luces, ni estrellas. El cielo encapotado se había confabulado con ella para esconderla. Los harapos que vestía, que una vez habían formado un precioso vestido verde, eran casi invisibles en su entorno. El trozo de metal retorcido que llevaba escondido golpeaba contra su muslo derecho. Su cabello ahora no relucía, estaba opaco y grasiento, y sus pies, antes limpios y cuidados, estaban llenos de cortes y ampollas por el rugoso camino que había recorrido descalza. El último rastro de su antiguo ser, eran sus ojos destellantes, iluminados por un toque de locura. Y por la determinación. Llegaría a su meta. O quizá no. Los pasos de sus perseguidores se oían aún más cerca. Sabían a dónde se dirigía. O aún peor. Tal vez su gran escape era mentira. ¿Qué pasaría si la habían dejado ir, esperando con aquella pantomima absurda que ella los llevara a donde estaban sus amigos? Lo que no había aceptado decirles por tortura, se los indicaría sin siquiera sospecharlo. Todo era un juego, un asqueroso juego para convertirla en una herramienta y nada más. Se dio asco, se sintió mucho más sucia de lo que se había sentido en todo ese tiempo. Esta vez estaba sucia en su alma. Se detuvo y miró hacia atrás, a la senda que sus pies desnudos acababan de trasponer, y constató que sus huellas eran visibles, aún a la muy escasa luz que llegaba por instantes del titilante farol de la esquina, marcadas por el polvo del suelo y las manchas que dejaba la sangre que emanaba de sus numerosos cortes. Desde que era una niña, aquel farol estaba dañado, y era la marca de entrada a lo que podía ser su salvación, o la perdición de todos. Por momentos, se debatió consigo misma. Y de nuevo las cadenas restallaron, a menos de treinta pasos de distancia. Cadenas. Ellos estaban cerca, pero ella no hizo movimiento alguno. Había tomado una decisión. No los llevaría con los otros, no indicaría el camino. Antes prefería la muerte. Ah, el dulce sueño, en el que escaparía de las cadenas para siempre. En el que volvería a zambullirse en el claro y resplandeciente mar de antaño, y de nuevo se dejaría llevar, simplemente, por el tranquilo y apacible vaivén de las olas… Este era su destino, y lo aceptaría con la frente en alto. Pero aún no era el momento. Con un movimiento brusco, sacó de entre los restos de su vestido el trozo de metal que la había ayudado a escapar, y sujetándolo firmemente en su mano izquierda, cortó un gran mechón de su cabello. Luego, arrancando de su hombro su único tesoro, la tira de satén que alguna vez, en otra vida, fuera un tirante de su vestido, lo anudó fuertemente. Reunió sus últimas fuerzas y lo arrojó lo más lejos que pudo, hacia lo que había sido su meta, ahora tan cerca. Era su señal, su muda llamada de auxilio. Sus amigos la encontrarían, la reconocerían. Estaba segura de ello. Ahora sólo quedaba esperar. De pronto, una enguantada mano, fuerte como una garra de acero, se posó en su hombro, y con una fuerza que no estaba dispuesta ni inclinada a contrarrestar, la obligó a dar media vuelta y a postrarse en el suelo. Su captor, sonriente aunque jadeante, no se reservó el placer de cruzarle la cara con el dorso de su otra mano, mientras la tenía aún firmemente sujeta. Un segundo perseguidor, un poco más alejado, soltó una sonora carcajada y dijo algo en una lengua que ella no podía hablar aún, a pesar de haberla oído tanto en tan poco tiempo. El que la había golpeado sonrió más pronunciadamente, si esto era posible, y tintineó las cadenas que ella tan bien conocía frente a su rostro. Sin decir una palabra, la esposó, y empujándola la forzó a levantarse y comenzó a conducirla de vuelta. De nuevo al cautiverio, regresaba a su infierno. Ella comprendió que el trozo de metal que aún apretaba en su mano izquierda era inútil, y lo dejo caer. Fue a parar al sucio suelo de piedra, produciendo sonidos agudos y altos que produjeron eco en los muros que los rodeaban. En el camino de regreso, ella miró sobre su hombro sólo una vez. Estaba atrapada de nuevo, y sabía que la esperaban cosas peores. Eran su castigo por su escape, por este paseo al aire libre. Y vaya un paseo en verdad… sin luz de luna, sin estrellas. Sólo oscuridad, tinieblas espesas que parecían cobrar formas burlonas y macabras. A lo lejos, el buque dejó escapar un tercer lamento, reverberando en el aire, espantando las sombras que empezaban a apoderarse de ella. Una llamada alta y profunda que parecía traer consuelo. Recordó que no estaba sola. Recordó que ahora tenía una esperanza. Y sonrió. FIN


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