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  fantasia > EpicaMedio Pollo (A)

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se publicó en la web el 15 de Febrero del 2008

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  Categoría: fantasia > Epica
  Titulo:

Medio Pollo (a) Amanecía en una ciudad, aún un tanto en ruinas. Los árboles de las calles estaban todos quemados y de los edificios, apenas quedaban unas paredes. Se podían ver diversas sombras moviéndose por las calles y las ruinas, en un lento y fatigoso caminar, hacia sus diversos destinos. Poco a poco, los nuevos edificios fueron apareciendo. Con el paso de los años, la ciudad se reconstruyó, sin mucha belleza, pero de forma constante. Volvían a aparecer la vida, los comercios y las fiestas. Cada cual intentaba sobrevivir en el nuevo orden. Muchos eran los que se resistían a adaptarse y preferían volver a los bosques o enrolarse en el ejército. La guerra había sido su vida y no entendían otra cosa que matar. En un barrio cualquiera, había una preciosa casita, construida de forma, casi artesanal, por un hombre. Tuvo algunos amigos para ayudarle. Los pocos que sobrevivieron al conflicto y también, aquellos que le querían ayudar por considerarle un héroe. Muchos otros en cambio, le miraban con desconfianza. Se decían a sí mismos, que debía ser un hombre vil. Era la única forma, de ocultar la vergüenza en sus corazones. Vergüenza, por haberse escondido cuando tenían que luchar, por estar vivos gracias a su cobardía. No era, en efecto, una vida fácil para el veterano. Pronto la gente se olvidaba de sus méritos y se preocupaba de sus propios asuntos. Él, no quiso quedarse con los brazos cruzados tras la guerra. A pesar de sus distintas lesiones, decidió trabajar muy duro. Ya fuera porque recibía una pensión miserable, o por mera cuestión de orgullo, se dirigía a trabajar a la fábrica todos los días, donde trabajaba más de diez horas. Tenía una hija de unos dieciséis años, ciertamente bonita y de inteligentes ojos. Como un padre más, se desvivía por ella. A pesar de llegar muy cansado del trabajo y notar distintos dolores en los órganos que nunca cicatrizaron, no dudaba en trabajar el jardín, para que su hija estuviera rodeada de preciosos árboles y flores. Quería que su entorno fuera lo más alegre posible. Para que ella no pensara, ni viera los horrores de este mundo y quizás, para él poder olvidar, los suyos. Desgraciadamente, no podía dedicarle todo el tiempo que deseara, y ella mayoritariamente había pasado el tiempo en la escuela o a cargo de alguna vecina, que recibía un dinero por su ayuda. Seguían siendo tiempos difíciles. Sin embargo, hacía lo imposible por estar todo el tiempo posible con ella. Desde muy pequeña, le leía innumerables cuentos, para despertar su fantasía y curiosidad. Participaba en todos sus juegos y nunca le replicaba que estuviera demasiado cansado. Como tantos otros, pensaba que su hija era lo más importante, la razón de su existencia. Procuró no ser demasiado inflexible, pero tampoco quería malcriarla y consiguió que ella acatara y entendiera ciertas normas. Ella le adoraba y sabía que tenía al mejor padre del mundo. Pero como él no podía estar siempre en casa, había aprendido a comportarse de forma muy independiente, y a pesar de no ser desobediente, sí que tomaba sus propias decisiones acerca de multitud de cosas. Su padre estaba encantado con esa predisposición, porque, aunque consideraba que la inocencia tenía cierta belleza, sabía que cuánto antes madurara, de forma natural, mejor soportaría las cosas que le pudieran ocurrir. Llamó a su hija, Beatrice, en recuerdo de la Divina Comedia de Dante Alighieri. En la obra, Beatrice, era la esposa de Dante, que baja a los infiernos a buscarla. Ella representa la búsqueda de Dios, de lo bueno que hay en cada hombre. A él le gustaba ese nombre y sabía que podría salvarse a sí mismo siendo bueno con su hija y muriendo por ella, si era necesario. No era una cuestión de fe, sino de conciencia. Una búsqueda para redimirse ante sí mismo y alcanzar la felicidad. Tenía en su conciencia, demasiadas cargas, y su entorno le daba pocas razones para estar contento. Había luchado por ideas vacías y por personas vacías. Todo lo que le rodeaba era mediocridad y miseria moral. Una opresión distinta, que se aprovechaba del sacrificio de muchos que ya no estaban. Se dirigía cada día a un trabajo duro y poco gratificante, dónde no se recompensaba el esfuerzo ni la integridad personal. Todo eran apariencias. Ciertamente los mejores, habían muerto y sólo quedó la escoria, con la que había que convivir y que heredaba lo que otros consiguieron con su sangre. Heredaron poco más que un país en ruinas, con gobernantes cínicos y corruptos, que se enriquecían a costa de la miseria del pueblo. Pero un alto porcentaje el pueblo en sí, era cínico y vil. Sólo pensaban en sí mismos, a pesar de haber presenciado tanto honor y sacrificio. Para él, todo eso ya no tenía importancia, pues sólo le importaba su querida Beatrice. Ningún sacrificio era lo suficientemente alto, mientras a ella la viera feliz, progresando cada día para ser una gran mujer. Todas las noches, intentaba sacar algo de tiempo para leer. Su hija era consciente de lo cansado que estaba y de lo mucho que trabajaba, por lo que intentaba aligerar las tareas de la casa, aunque él fuera incapaz de quedarse sentado viéndola trabajar. Pero gracias a esa colaboración íntima y voluntariosa, podía él tener breves momentos de placer, leyendo sus adorados libros, en los que se ensimismaba, cada noche, frente a la chimenea. Procuraba contarle, siempre a su hija, alguna idea o lección moral que hubiera sacado esa noche. Así su educación era constante y la estimulaba para que aprendiera de todo cuánto la rodeaba. Ella a su vez, también leía mucho, aunque lo compaginaba con una intensa vida social, pues era de carácter vivaz y aprovechaba su tiempo como mejor podía. Su padre en cambio, se había convertido en un completo misántropo. Ayudaba siempre que podía a sus vecinos, pero tampoco procuraba intimar con nadie. Parecía que las personas le dieran pavor y solo hiciera cosas por ellas, por mera cuestión de bondad. A su hija siempre le extrañó que su padre fuera así, pero lo asumía y procuraba no preguntarle, pues veía lo tenso que se ponía. Pero era de carácter inquieto y algunos días su curiosidad era más fuerte que el amor hacia su padre. Un día, él estaba, como de costumbre, leyendo en silencio, en su sillón, en frente del fuego. Ella, a su vez, hacía como que leía en el tresillo, pero no paraba de mirar a su padre, el modelo de virilidad de su vida. Contemplaba las manos que sostenían el libro, llenas de cicatrices, al igual que su rostro. Contrastaba ese aspecto, con el de una persona cultivada, pues más bien parecía un labriego, curtido bajo el sol y el trabajo duro. Era esa quizás, la razón por la que, pocos chicos le gustaban en el instituto. Eran demasiado delicados, criados entre almohadas. Les faltaba carácter, orgullo, valor. Tenían un aire amaestrado y amanerado, de comportarse, que les funcionaba muy bien con bastantes chicas. Pero para ella, no eran hombres, no encontraba en ellos esa persona opuesta que la completara. Quizás de tanto leer, o de la educación de su padre, diferenciaba bastante bien lo que quería de lo que no. Y muchas cosas, que pudieran parecer atractivas, para ella eran bagatelas. Estaba muy por encima de sus amigas y sus amigos, en la percepción de ciertas cosas, pero eso no le impedía divertirse como la que más, pues se adaptaba al carácter de los que la rodeaban. La vida de su padre estaba llena de misterios y más aún porque nunca hablaba de su madre. Por fin un día le preguntó: - Papá - Dime, hija - ¿cómo murió mamá? El rostro de su padre se contrajo, resaltando si cabe, los marcados rasgos de su rostro. Las manos se le pusieron a temblar ligeramente y tratando de disimular un tartamudeo, dijo: - ¿por qué me preguntas eso ahora? - Porque llevas todos estos años evitando contármelo y ya voy teniendo edad - ¿tú crees? - Si Él suspiró intentando contener unas lágrimas y respondió: - Hay cosas, que es mejor que no sepas - Creo que tengo derecho a saberlas, papá - Cuando seas mayor - Ya tengo suficiente edad – dijo ella con un cierto aire osado - Para determinadas cosas, creo que nunca se tiene suficiente edad - Por favor, papá dímelo. - Tu madre murió, luchando por su país, murió para salvarme. - Cuéntame más. - Eso es todo – dijo tajante, su padre - Por favor - ¡No puedo decirte más! ¡Es suficiente! - ¡Tengo derecho a saberlo! – gritó ella - ¡Ya te lo he dicho todo! ¡Deja el tema ahora mismo! - ¡No! - ¡ Por favor, hija! ¡Basta!. Su padre se arrodilló consternado, dejando caer el libro y rompiendo a llorar. Ella se acercó corriendo a él y le abrazó, llorando a su vez. - Lo siento papá. Te pido mil perdones. No te lo volveré a preguntar. - Tienes derecho saberlo, hija mía, pero aún no puedo contártelo… me odiarías. - No importa Papá. No quiero hacerte más daño. Siento mucho lo que he hecho. - No te preocupes. Te quiero Abrazó a su hija, con fuerza, llorando sobre su hombro. El hombre valiente, el padre afectuoso y decidido, que era su completa referencia como persona, se convirtió por un momento, en un hijo necesitado de cariño y ella en una madre.


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