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  fantasia > Fantasia GeneralLeyendas de Arisse (Capítulo 1)

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se publicó en la web el 01 de Agosto del 2008

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  Categoría: fantasia > Fantasia General
  Titulo:

La primera sombra La posada de Kariek se encontraba prácticamente desierta aquella noche. En un escondido rincón, sólo unos cuantos dreidans calmaban su sed bebiendo espumosos licores de brem, la hierba aromática más típica en la región. El propio Kariek, de la misma raza, descansaba recostado en una silla, medio adormecido. Una densa nube de humo, procedente de una vetusta chimenea situada en el centro de la posada, inundaba a media altura toda la superficie interior del local. El intenso olor a incienso se mezclaba con el de la madera mojada; en el exterior diluviaba y el intenso viento racheado silbaba ferozmente entre las juntas de los maderos que conformaban las paredes. En un lateral de la posada, casi desapercibido para ojos indiscretos, se encontraba una extraña criatura. Su cuerpo y cabeza se ocultaban bajo una túnica pardusca. En la parte posterior, la espalda dibujaba formas picudas, como si una serie de espinas óseas tensaran la tela intentando liberarse de ella. Un antebrazo fornido y repleto de escamas verdosas reposaba sobre la mesa, vagamente iluminada con un viejo candil. Cualquiera habría supuesto que aquel ser fuera de raza Thuereghün, los reptiles bípedos de las tierras áridas de Yhanaptra. A ratos la chimenea crepitaba, lanzando pequeñísimos puntos de luz incandescente que danzaban momentáneamente antes de apagarse. Los dreidans dirigían sutiles miradas de desconfianza hacia la criatura, que parecía absorta en sus pensamientos. Un aire de misterio comenzaba a fraguarse lentamente en el ambiente cuando, de pronto, una ráfaga de viento aulló vorazmente en el exterior. Kariek se despertó bruscamente musitando extrañas palabras, como en un mal sueño, y miró a ambos lados para comprobar que todo estaba en su sitio. Al mismo tiempo casi, la puerta de la posada, cuyas bisagras bailaban maltrechas con cada envite, se abrió con un brusco gruñido, y la cortina de lluvia dibujó una figura sombría que se adentraba en el portal dando pequeños y pesados pasos. La figura recordaba vagamente a la criatura, ya que también vestía una túnica oscura, completamente empapada, con las mismas formas picudas en la espalda. Se movía lentamente en dirección a la silla donde reposaba el tabernero, y ni siquiera se apreciaban sus extremidades: todo su cuerpo parecía una masa deforme que avanzaba a rastras. Un reguero de agua y barro serpenteaba tras la figura a cada paso que daba. Los dreidans, excelentes conversadores, habían enmudecido desde la entrada en escena del visitante y sus miradas de desconfianza eran ya de lo más airadas. Hacían comentarios en bajo y algunos incluso se mostraban ligeramente alterados. El propio Kariek desconfiaba por completo de los thuereghün. En alguna ocasión había oído decir que se comían unos a otros y que bebían sangre caliente cuando los dos soles se juntaban sobre el firmamento. No le importaba que se comieran unos a otros, todo lo contrario, les consideraba una raza repulsiva, aunque el hecho de que bebieran sangre caliente, si realmente era cierto, le provocaba cierta inquietud. “Los dreidans tenemos sangre caliente” pensó. -Ulun fen, nassgarth. La voz del visitante retumbó gutural y sombría en la estancia, como si surgiese de sus mismísimas entrañas. Kariek emitió un ligero gruñido, como si se diera por aludido, pero sin girar la vista siquiera hacia la criatura. Conocía ligeramente el idioma de los reptiles, lo suficiente para comprender la petición del visitante. Se levantó, no sin esfuerzo, y desapareció por la puerta que daba a la cocina. -Mandria, on okte.- la voz del visitante, grave y poderosa, retumbó en la estancia, al tiempo que echaba la túnica a ambos lados de su cuerpo y descubría una cabeza reptiliana muy robusta, de piel verdosa y arrugada. Las mandíbulas eran prominentes, y dos pequeños ojos hundidos reflejaban el tenue resplandor de la chimenea. Kariek reapareció por la misma puerta por la que había desaparecido anteriormente, portando un pequeño vaso con un líquido amarillento en su interior. Se acercó hasta el visitante, y se lo entregó. El reptil hizo un gesto con la cabeza a modo de agradecimiento, no exento de cierta sorna. -Isle na yedrinae, nassgarth.- pronunció el visitante en voz baja mientras acababa con el brebaje de un solo trago. Kariek tensó el gesto un momento para, de seguido, negar con la cabeza. El reptil pareció esbozar una leve sonrisa. Un leve gruñido se escuchó en la estancia, proveniente del thuereghün que se encontraba sentado en una de las mesas. Giró la cabeza hacía Kariek y el visitante, lentamente. -Ur nelsu, ¡taj!-pronunció aquel con voz potente y nerviosa. De seguido, casi sin pensar, el reptil que se encontraba con Kariek se lanzó a una velocidad increíble hacia las escaleras que subían hacia el piso superior, y que se encontraban en una de las esquinas del piso inferior, junto a la chimenea. Una nueva ráfaga de viento bramó en el exterior, silbando las maderas de las paredes casi al unísono mientras la oscura túnica que envolvía al thuereghün se desvanecía por el hueco superior de las escaleras. El otro reptil se puso en pie bruscamente, lanzando un chillido infinitamente agudo, casi ensordecedor. Volcó la mesa de un manotazo, y se subió a otra más cercana de un salto estremecedoramente ágil. Desde allí, lanzó una mirada desafiante a los dreidans (incluido Kariek) para a continuación saltar sobre éste último haciendo uso de una descomunal potencia de piernas. Varios aullidos, a modo de replica, sonaron desde la esquina opuesta de la posada: los dreidan gritaban maldiciones casi ininteligibles mientras corrían a socorrer al tabernero. Algunos cogían sillas por el camino, para usarlas a modo de arma. Kariek intentó revolverse un par de veces de la firme presa del reptil, que lo sujetaba de las manos como a un simple muñeco. Un férreo brazo se alzó en el aire, mostrando unas garras que silbaron y resplandecieron en la oscuridad de la estancia. Los ojos del tabernero se quedaron un instante en blanco, mientras su boca parecía abrirse para emitir algún sonido, que finalmente no pudo articular, desplomándose sobre el suelo con el pecho desgarrado y la camisa ensangrentada. Un súbito resplandor inundó de luz cada rendija de las paredes; casi de seguido, un trueno retumbó en el exterior, ahogando todo sonido. El cuerpo escamoso del reptil, con garras desproporcionadas, cola interminable y pequeños y rasgados ojos amarillos incendiados de odio, se abalanzó sobre los dreidans, que formaban una piña en el centro de la posada. Un nuevo trueno bramó en el exterior, haciendo retumbar toda la estructura al unísono. El viento, alborotado como nunca, hizo crujir las paredes con fuerza, ahogando los chillidos de algunos dreidans, aullidos de rabia que pronto se tornaron lastimeros. Las garras reptilianas, frías como el hielo, desangraron varias gargantas en el primer ataque. Nada hacían las improvisadas armas contra aquella figura escamosa que sembraba la muerte en semejante infierno. Los estridentes siseos ensordecían los gritos de dolor, inundando todos los rincones con su amarga melodía. Varias sillas se rompieron en los impactos contra el reptil, en vano. Ocho cuchillas letales imponían su ley mientras en el exterior, un resplandor teñía de azul metálico el paisaje. Cada ataque y posición de defensa del thuereghün estaba perfectamente sincronizado y se movía y desgarraba a una velocidad vertiginosa. Dos dreidans más cayeron bajo sus mortíferos golpes, y luego otros dos más, uno de ellos con la cara completamente destrozada. El último dreidan con vida se encontró a sí mismo luchando sólo, con el pecho y las piernas ensangrentadas y muy debilitado tras varios ataques baldíos. Una tregua momentánea se formó allí mismo, entre el reptil y el dreidan. Éste último, un joven campesino de paso por primera vez en aquella posada, lo miró una última vez, desafiante, y soltó la azada que aún portaba entre sus manos. El reptil soltó un nuevo chillido, aún más estertóreo que los anteriores, antes de abalanzarse sobre él, en una danza macabra que sólo la última gota de sangre derramada apaciguó.


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