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  humor > Asi soy yo....Hostal, dulce hostal

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se publicó en la web el 17 de Agosto del 2004

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  Categoría: humor > Asi soy yo....
  Titulo:

Cuando mi enamorado me dijo un día “vamos a un hotel”, me quedé pensando. Pensé en todos estos valores aprendidos, en todos los tabúes adquiridos tras 12 años en un colegio de monjas que llegaban al extremo de decirte que el sexo era algo que debía hacerse únicamente con fines reproductivos, de otro modo era pecado. También pensaba en la misma palabra “hotel”, en lo que esta significaba en el pensamiento colectivo cuando se refería a una pareja joven que va a un hotel para nada más que para tener relaciones sexuales. O en la palabra “hotel” que no suena tan mal al costado de la palabra que se utiliza:“telo” . El telo es el t tiradero, el “hotel” suena a cinco estrellas, caro y a Estados Unidos. Las malas lenguas dicen que de los colegios más católicos, y de mujeres, salen las chicas más perversas. La teoría es que tras tantos años de represión, las chicas no saben medir su libertad, ganándose así una reputa-ción. Como ex alumna de uno de estos colegios, yo creo que esta teoría no es verdadera. Al menos, no completamente. Si para algo sirven estos colegios, es para aprender, por ósmosis y repetición, los valores valores valores valores… que “nos convertirán en damas preparadas para el futuro”. Sea esto cierto o no, estos valores nos sirven, quizá algo tergiversados y adaptados a nuestro modo, pero nos sirven. Accedí a regañadientes. Aunque recordándolo mejor, no accedí en primera instancia, ni tampoco a regañadientes. Sino que fue tras unos cuantos tragos, a los que se sumaba una arrechura acumulada tras tantas semanas de abstinencia sexual. Ahora, esto suena curioso: “semanas de abstinencia”. El colegio de monjas no pudo evitar que perdiera mi virginidad a los 16 años, pero si pudo contribuir a mi aversión por estos sitios por cuatro años más, ya sea por la fama de un antro de putas que se gana al convertirse en la vulgar palabra “telo” o por la higiene cuestionable de estos lugares. Sin embargo, como iba diciendo, tarde o temprano accedí lo que me llevó a un nuevo nivel en mi vida sexual. La Lima de hoy es aún conservadora, y en mi casa, aunque se jacte de ser moderna, mis padres siguen siendo conservadores. Tirar en mi casa no es lo que se diría “la voz”. Aunque a veces las circunstancias lo permitan, la expresión del goce es limitado (énfasis en expresión, no en el goce en sí): es más silencioso. De la comunicación se encargan los cuerpos, el sudor y las miradas. Luego conocí el “hotel”. Lo pongo entre comillas porque debemos de aceptarlo: no es ningún hotel. Seamos claros: es un hostal. La diferencia parece ser la calidad. Pero en lo que refiere al tema, la diferencia importa poco, porque la calidad la pone la pareja; en el caso de otros, el trío; en el caso de otros, el grupo. Los últimos dos casos hacen que la diferencia sea la ventaja. No porque me interese hacer un trío o ser parte de una orgía (no lo considero, ni descarto, ni juzgo), sino porque el hostal tampoco lo juzga. El hotel y el hostal pueden pertenecer a una misma familia, pero el hotel es el familiar rico y snob; el hostal es el barrunto, el que te invitaría una chela si pudiera tomarla. Además, el hostal es anónimo. Si te piden DNI es una simple formalidad, porque nadie te conoce ni le importa conocerte. El cartel de “no molestar” que se coloca en los hoteles, en un hostal es la puerta. Así, después de conocer la experiencia que un hostal te brinda. El colegio de monjas es casi olvidado, el sexo en tu cama (mientras vivas con tus padres) llega a ser un juego de sábanas, miradas y orgasmos silenciosos; y el hostal termina siendo o la puerta directo al infierno, o el paraíso más placentero. Por eso, si caminarás dentro de uno y escuchas un grito, no te escandalices. Es normal. Y hasta quizás, puede ser un grito mío.


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