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  ficcion > Narrativa LibreEl puzzle revelado

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se publicó en la web el 29 de Enero del 2009

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  Categoría: ficcion > Narrativa Libre
  Titulo:

Era un ser solitario, extravagante, mínimamente cortés. Solía dar los buenos días o las buenas tardes a sus vecinos, y poco más. En ocasiones formaban corrillos entre ellos, y alimentaban su creciente curiosidad fundando una teoría en base al mínimo detalle. - La de la panadería me ha dicho que lo vió en el aeropuerto con destino a Venezuela. - Pues es lo que te digo, que anda en la droga, sino de que iba a vivir. - Pues yo creo que es inventor, os habéis parado a escuchar los ruidos de máquinas, y relojes que suenan en su casa. Y así entre una teorías que se basaban en hipótesis fundamentadas en sospechas iban construyendo su vida, sin que el interesado tuviese ocasión de participar para confirmar ni desmentir la novela que sobre su vida iban modelando. Lo cierto es que no siempre había estado solo. Turo, que así se llamaba, hacía muchos años había tenido esposa, aunque esta finalmente lo había abandonado ante la impotencia de reconducir su vida en familia. Y no había sido por empeño en ayudarlo. Pese a la resistencia de él, ella lo había llevado al médico, y le habían diagnosticado una especie de esquizofrenia. Al principio los medicamentos daban resultados visibles, luego él decidió que no quería medicarse, y durante un tiempo una el juego del gato y el ratón a diluir las pastillas en la bebida, a esparcirlas por la comida. Pero al final la corriente que arrastraba el río de la cabeza de su marido era tan fuerte que ante el miedo a verse envuelta, decidió huir, sin dejar rastro. Él lo tomó todo con suma normalidad, se mudó a su nueva vivienda, y en las proximidades se hizo con un local grande, que anteriormente había sido garaje para 8 coches. Y allí era donde solía pasar la mayor parte del día, cuando no de la noche, e incluso recluido jornadas enteros sin salir. Su historial médico había caído en el olvido del hospital en el que había sido observado y diagnosticado, pero un día cayó en manos de un estudiante en prácticas de psiquiatría llamado Luin, el cual reconoció la foto. Era aquel desaliñado señor con el que cambiaba los buenos días en el kiosco de prensa todas las mañanas temprano, mientras compraban el periódico. Sin duda, ahora estaba un poco más desaliñado, calvo, pero con barba y pelo blanco donde aún le crecía, grandes cejas, y arrugas asimétricas en la frente y el entrecejo. Con calma leyó el historial, y de su interior brotó una llamada sorda, compasiva y estimulante en busca del auxilio de alguien conocido. Era joven y hasta ahora solo había leído, visto y tratado casos de seres ajenos, así que lo estimulo el hecho de ser el asunto de un ser casi familiar, con el que cada día se cruzaba. - Buenos días. - Buenos días. - Qué fresquito hace hoy, parece que va a nevar -añadió el estudiante en un primer intento de aproximación. - Sí - respondió sin más entusiasmo. Había que ir poco a poco, sin prisas, tenía un plan trazado para ganarse su confianza, y esta era el primer paso de su ejecución. En los días sucesivos siguió insistiendo con el tiempo, el comentario de alguna que otra noticia local, o comentarios deportivos, aunque no se veían avances significativos. Luis tenía mucha curiosidad, así que desplegando sus dotes de detective, a través del administrador del edificio, logró hacerse con una llave que conducía a una puerta que tenía comunicación con la parte superior del garaje, desde donde se podía observar el habitáculo, pero cuando intentó hacerlo no vio, todo estaba oscuro. Así que lo intentó en posteriores ocasiones, hasta que en una de ellas estaba ese ser solitario con las luces encendidas. Quedó alucinado con la observación, había como una gran maquinaria que ocupaba casi todo el espacio, llena de engranajes, pequeños motores, cuerdas, bolas, imanes, telas, muelles, tablas, pantallas, partes de las tripas de electrodomésticos. Algunas partes de aquella maquinaria eran móviles, otras quietas, otras en un enigmático equilibrio. Las paredes llenas de bocetos, de esquemas, planos, fórmulas. Y aquel ser excéntrico dando vueltas alrededor, reordenando y equilibrando los elementos, ansioso, calculador, hablando solo. Salió un momento y regresó con un frasco de perfume que vació en el suelo, para luego poner el envase bajo un hierro movido por una rueda dentada que lo presionaba cada un par de minutos. El estudiante de medicina permaneció allí observando durante más de cuatro horas, sin ser capaz de descifrar el enigma de la enfermedad de aquél individuo. Durante los meses siguientes siguió haciendo más o menos lo mismo, intentando aproximarse y charlar con él en el kiosko, pero aunque las palabras empezaban a ser más confiadas, y en alguna ocasión habían llegado a hablar un buen rato sobre alguna desgracia ocurrida aquí o allá, los avances eran escasos. Así que el estudiante se entretenía la mayor parte del tiempo observando como trabajaba en su garaje, y siguiéndolo disimuladamente en la persecución de los más variados objetos. Una noche el Luis salió a tomar una copa con una enfermera llamada Belsai a la que estaba empezando a conocer, y cuando después de dejarla en su casa, volvió caminando por las calles oscuras y desiertas de la ciudad, se encontró al solitario del garaje. Estaba desorbitado, buscando por los contenedores de basura. Le preguntó que era lo que tan ansiosamente buscaba, y enajenado le contestó que tenía que buscar una lata cilíndre metálica de color rojo de exactamente un litro de capacidad. Y cuando le preguntó para qué quería aquello, el se marchó corriendo y susurrando, entre lo que el estudiante pudo entender algo de un tsunami o ciclón que mataría a miles de personas en algún lugar de Asia. Luis lo persiguió, mientras llamaba al psiquiátrico. Cuando llegaron los loqueros, lograron reducirlo, e ingresarlo. El estudiante lo acompañaba, mientras viajaban en la ambulancia. La mirada del loco estaba cargada de ausencia y resignación. Solo logro pronunciar unas palabras, “toma las llaves de mi taller, tu aún puedes evitarlo”, y así lo hizo. Pasó toda la noche en el hospital psiquiátrico, y a la mañana siguiente mientras esperaba a conocer la evolución del paciente, escuchó las noticias en la emisora. Un tsunámi acababa de arrasar una de las costas de la isla de Java, y todavía no se podían contabilizar los muertos, pero podrían ser miles. Corrió inmediatamente a la habitación en donde estaba maniatado Turo, el esquizofrénico solitario, pero cuando llegó allí, le comunicaron que había fallecido de un paro cardíaco tras una agónica convulsión de interminables sacudidas espasmódicas. Se quedó mirando mientras se llevaba la mano al bolsillo. La llave del taller. Abandonó precipitadamente el hospital, y entró en el taller. Encendió las luces, la máquina estaba allí funcionando, en equilibrio. Empezó a recorrerla con la mirada, a pasear y meterse entre ella, y a cada vuelta que daba, tenía la impresión de que empezaba a entender las bases de su funcionamiento. La observó durante horas, y cuando al final creyó entenderla, escuchó una voz. Miró pro todas partes, dentro, fuera, por entre la máquina, hasta que descubrió que la voz salía de su cabeza. Le estaba diciendo que debía poner dos pequeños espejos enfrentados de forma paralela en una cuerda que colgase de aquél hierro, porque sino un niño de la ciudad moriría al caerse al vacío desde la ventana de su edificio. Cerró la puerta y salió corriendo, huyó de la voz, pero la voz no huía de el. Se metió en el primer bar que encontró a beber un par de whiskys, pero la voz no desaparecía. Corrió por las calles de la ciudad, hasta que paso por delante de un bazar. Entró y compró dos pequeños espejos, aquello si que pareció surtir efecto. La voz empezaba a reconfortarlo. Entró en el garaje, y los colocó como se le había indicado, y entonces sintió una paz profunda, como una especie de premio o reconocimiento a su labor humanitaria. Se fue a casa y durmió toda la tarde, y toda la noche, pero cuando despertó volvió a escuchar la voz que le daba nuevas indicaciones. Resignado accedió y se dispuso a cumplir la nueva recomendación. Pasaron los años, y los que en otro momento criticaban al loco Turo, ya muerto, habían volcado ahora sus habladurías sobre Luis, aquel estudiante, que no había acabado su carrera, y decían que tanto estudio a veces producía locura profunda, y que como por cosa de los espíritus parecía haber heredado el mal que aquejaba al anterior dueño del garaje. Pero Luis no tenía tiempo para preocuparse por lo que de él dijesen, estaba muy ocupado en la labor que le había sido encomendada y revelada en este mundo. Y así transcurrió su vida, a la espera de un heredero que le permitiese descansar eternamente.


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