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  terror > Asesinos en serieBailar con el diablo

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se publicó en la web el 29 de Agosto del 2006

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  Categoría: terror > Asesinos en serie
  Titulo:

BAILAR CON EL DIABLO John Spencer era un viejo de aspecto demacrado. Tan viejo y tan demacrado como el árido escenario que fue testigo de sus demencias. Vivía en una rústica casa de madera y piedra a las afueras de un pequeño pueblecito. La casa estaba descuidada hasta el paroxismo, con plantas que trepaban sus inestables paredes, suciedad y montones de tablas y materiales fruto de reformas que nunca llegaron a finalizarse. Un felpudo que ya per-dió su color original daba paso a la puerta de entrada, tan destartalada que daba apuro golpear más de una vez al llamar por si se venía abajo. A su lado, una pila de periódicos que, a su vez, absorbían de su alrededor tanta suciedad como podían. Por lo visto, el viejo Spencer seguía suscrito al periódico local, pero desde hacía mucho ya no se pre-ocupaba por sus columnas y fotos impresas. En el pueblo, todo el mundo conocía a John Spencer. Todos sabían de sus asuntos, y muchos también los habían presenciado. El viejo era tema recurrente en cualquier charla de taberna o en los sermones de una madre irritada, como si de un hombre del saco se tratase. En todas estas conversaciones, aun cuando cada persona contaba la historia ade-rezada con sus propios adornos y detalles, siempre aparecían palabras como “madre”, “mujer”, “cabezas”, “cubierto de sangre”. Sólo con ellas bastaba para captar la atención de cualquier interlocutor. Eso sin olvidarse de describir sus “ojos pequeños y completamente negros. Hundidos en su rostro como si fuesen diminutos meteoritos que hubie-sen caído bajo sus cejas, dejando a su paso una telaraña de arrugas y unas ojeras oscuras y pronunciadas. Unos ojos que, según dicen las historias, llegaron a ver al mismísimo diablo”. Salvo pequeñas diferencias, así es como los habitantes del pueblo nos presentaban los ojos del viejo Spencer. El resto de su rostro guardaba consonancia con el resto de su ser, así que era amarillento, triste y desgastado. El poco pelo que nacía junto a sus orejas era descolorido, tanto como su dueño. Pero lo más importante de John eran sus arrebatos violentos, de los que todos en el pueblo habían oído hablar, y de los que muchos de ellos fueron testigos. Spencer había vivido toda su vida en la casa de las afueras del pueblo. Sus padres la compraron tras haber pasado por otra en el mismo pueblo, con la que no quedaron muy satisfechos. Su madre era Molly, un hijo y dos abortos. Su padre, Ronald, jubilado antes de tiempo por una lesión de espalda, malvivía del dinero de su pensión. John casi nunca se relacionaba con nadie del pueblo ni de los alrededores. Tampoco se relacionó con nadie de más allá de ellos. Asistió dos días contados al colegio, en los que le dio tiempo a golpear a tres alumnos y una maestra. Y es que, ya desde muy pequeño, a John se le notaba esa mal-dad y violencia que más tarde le harían motivo de cuentos de terror. Los ojos que hemos descrito también fueron siempre una de sus características personales. Por todo ello, John fue educado por sus padres. Aprendió lo básico, pero desde luego nunca pudo presumir de tener mucha cultura. Ni siquiera de tener alguna. Pero eso no quiere decir que no fuese inteligente. Al contrario. Cualquiera que lo observase con detenimiento podría darse cuenta de que John analizaba profundamente todo lo que veía. Los lugares, las personas. Se aislaba del mundo, pero, al tiempo, hacía todo lo posible para comprenderlo y abarcarlo con su mente. Estaba atento a cualquier detalle, intentaba recordar todo lo posible sobre una situación, un rostro, lo que fuera. El problema, creo yo, es que no era capaz de explicar con palabras lo que pasaba por su mente. No tenía vocabulario suficiente para expresarlo. Pero eso no quitaba que, por dentro, fuese mucho más lúcido que gran parte de las personas que cuentan y recuerdan su historia. John fue creciendo, y también su lista de agresiones. Un domingo, golpeó con una barra de hierro a todos los jóvenes que pasaban el día junto al lago que había pasada la última casa del pueblo, a unos ochocientos metros. Y eran más de cincuenta. También apaleó con un rodillo al cartero, al médico, al dueño del banco y a unos cuantos más que jugaban una partida de poker en el mesón. Y aún fueron muchos más los que paladearon los puños o cualquier otra arma de John durante esa temporada. Poco a poco, el pueblo entero comenzó a tomar la precaución de alejarse lo máximo posible de él. Su fama se extendió también a algunos pueblos de alrededor. Sin embargo, hasta entonces nadie lo consideró como una verdadera amenaza. Por supuesto, ninguno dudaba de que era un tipo agresivo del que más valía estar lejos, pero tampoco lo veían como un peli-gro público. Al fin y al cabo, sus ataques habían sido violentos, pero nunca tan excesivos como para concluir en defunción. Y, en pueblos pequeños como ese, todo el mundo estaba acostumbrado a tener que convivir cada ciertas generaciones con alguna clase de chiflado. Suerte encima si sólo se daban en una familia cada vez, pues a veces podía haber hasta tres o cuatro chiflados vagando por sus calles. Por tanto, la justicia, encarnada en el sheriff del pueblo, noble aunque bastante poco espabilado, le prestó poca atención. Todo cambió cuando subió un escalón más y asesinó a su padre y a su madre. Para entonces, John ya estaba casado y vivía con sus padres y su esposa en la casa de las afueras del pueblo. Su mujer era Dorothy, más joven que él y enormemente poco agraciada. Su romance fue un misterio, y más aún teniendo en cuenta la personalidad de John. Algunos cuentan que Dorothy simplemente apareció allí un día y que ambos acabaron acostumbrándose a la presencia del otro. Fuera como fuese, el caso es que los cuatro vivían bajo el mismo techo. El suceso ocurrió una noche clara y salpicada de estrellas. Muchos vecinos, a eso de las dos de la madrugada, vieron a John pasear por el pueblo. Las calles, vacías; ni viento, ni brisa. Los vecinos se quedaron observándolo largo rato, pues paseaba de tal forma que casi parecía que bailase. Movimientos demasiado acompasados para sus miembros largos, caídos y torpes. Y para esa espalda curva que la naturaleza le había dado. Sus pies parecían volar envueltos en sus zapatos del 47. Levantaba polvo a su paso. Un vecino amable, y también valiente, todo sea dicho; bajó a la calle dispuesto a conducir los casi dos metros de John de vuelta a su casa. No era hora de andar molestando por las calles. Para sorpresa de todos, John se dejó llevar con enorme docilidad. Muy tranquilo. Llegaron a su casa. El vecino pensó en llamar, a pesar de la hora, para informar a los padres de lo ocurrido. Pero no hubo necesidad de hacerlo, ya que ambos estaban sentados en la hamaca del porche de la casa, sin cabeza. John se había tomado la libertad de separarlas de sus respectivos cuerpos. El vecino no pudo volver a articular palabra en una buena temporada. Fue entonces cuando le recluyeron. John pasó encerrado tres años y cinco meses. Durante todo ese tiempo, estuvo asistido por el médico del pueblo, el Dr. Edwin Arms-trong. Como médico de cabecera no era malo, el problema era que, como creía que Freud era una marca de jabón, no le sirvió de mucha ayuda a John. Su problema debía de venir de algún rincón de su cabeza, pero nadie tenía ni los medios ni los conocimientos necesarios para decir con certeza cuál. En cualquier caso y, como pasado el tiempo que acabamos de indicar no había vuelto a tener ningún arrebato violento, todos pensaron que sólo se había tratado de una “mala racha” —sí, así lo describieron—, y lo deja-ron libre. Al parecer, John había vuelto a ser el mismo “tipejo extraño de pocas pala-bras” que conocían de sobra en el lugar, exento, eso sí, de su lado violento. Pero estaban equivocados. John sólo había estado alejado temporalmente de su mal. Al salir, se reencontró con él. Y entonces le llegó el turno a su mujer. Dorothy se había quedado todo ese tiempo en la casa, esperando a su marido. Al igual que John, no gustaba de relacionarse con nadie, así que se dedicaba a tejer una y otra vez el mismo jersey. Siempre con las mismas medidas, el mismo color pardo y el mismo cuello en pico. Para cuando volvió John, ya había terminado más de trescientos. El día del regreso, John se detuvo un instante frente a la puerta antes de decidirse a en-trar. Dorothy le vio y salió a la puerta, aún ataviada con sus artilugios de ganchillo. No se dijeron nada, apenas cruzaron una mirada, muy fija y penetrante. Unos segundos bas-taron para que John se decidiese a entrar y Dorothy a dejarle paso. Cerraron la puerta y ya nadie volvió a ver viva a la señora Spencer. Edgar Miller salió a pasear apenas finalizada la cena. Tenía por costumbre recorrer algún que otro kilómetro para bajar la comida y agradecer más gustosamente el purito que se permitía frente al fuego antes de dormir. Tras cruzar la calle principal del pueblo, Edgar torció por una calleja y salió a una diminuta plaza con una farola grande y luminosa en el centro. Bajo ella, vio un bulto al que puso nombre y apellido: John Spencer. Estaba acurrucado y cubierto por una tonalidad de rojo escarlata. Extrañado, Edgar se acercó un poco más hacia él. No pudo ver su rostro, pues buceaba entre los pliegues de sus manos consumidas por el trabajo. Cuando se encontró de él a la distancia de un tiro de piedra, perdió todas las dudas sobre qué sustancia era la que proporcionaba a John ese aspecto enrojecido. Tampoco dudó que, en cuanto que fuese a su casa, se encontraría con el cadáver de su mujer. Y así fue. La policía registró la casucha de John a petición de Edgar. No tuvieron que buscar mucho. Los restos de Dorothy estaban en medio del salón, aferrados aún en su rigor mortis a su instrumental de costura. John volvió a ser recluido, pero esta vez se encargó de él el Dr. Frederick Arrow, especialista en locos, de dos pueblos más allá. Arrow tenía más idea de la mente que el pobre Dr. Armstrong. Pero si éste se quedaba en la Edad de Piedra en cuestión de psicoanálisis, Arrow no pasaba de la Edad Media. Se quedó en los electro-shocks, los encierros y demás torturas varias que aspiraban a la cordura. Por supuesto, su tratamiento tampoco sirvió de nada. Para entonces, John sufrió un incremento en su castigo. Semanas después de hallarse el cadáver de su mujer, aparecieron siete más, pertenecientes a familias que vivían cerca de la vieja casucha. Los encontraron cuando la gente comenzó a preguntarse por qué ninguno de ellos aparecía por la Iglesia desde hacía tiempo. Aparecieron bajo unos cascotes que se amontonaban junto a sus casas. La gente de pueblo se toma las cosas con calma. Y mientras tanto, John había pasado de ser el chico violento y problemático del principio a ser un asesino en serie peligroso. Por todo ello, fue castigado a estar encerrado de por vida en un recinto, condenado a trabajos forzados. John pasó muchos muchos años completamente solo. Picando piedras gigantescas que no parecían terminar nunca. Para alimentarse, disponía de una pequeña parcela destinada a la agricultura. Subsistió mucho tiempo de su huerto, pero llegó un momento en el que el cuerpo no le permitía la picada mañanera seguida de la recogida de alimentos. Se agotaba y tosía con muchísimo estruendo y perseverancia. Su rostro se enrojecía y contraía, y el suelo se mojaba con lo que salía de su garganta. Es entonces cuando Jim entra en escena. Jim era un joven que había llegado al pueblo con su familia algunos veranos atrás. Tenía el pelo castaño y desordenado, mirada viva y carrillos moteados con un reguero de pecas. Llevaba sombrero para protegerse del sol, pero también de noche, quizás para protegerse de la radiación de las estrellas. El caso es que Jim trabajaba el campo, así que se presentó voluntario para ayudar al señor Spencer a cultivar su sustento. Nadie en el pueblo aprobaba la idea de mandarle alguien al viejo. “Él se lo ha buscado”, solía escucharse. “El hambre es su merecido y su condena”, cuchicheaban otros. Pero quienes menos aprobaban el asunto eran, como no podía ser de otro modo, los padres de Jim. Llevaban en el pueblo lo suficiente como para conocer a John Spencer y no tenían mucha intención de permitir que su niño trabajase codo con codo con semejante monstruo. Pero Jim insistió, en parte por la estulticia de la edad y en parte por la profunda curiosidad que el viejo había despertado en él. Al final, como todo buen perseverante, consiguió su propósito. Jim comenzó a trabajar en el huerto de John Spencer. Si alguien va al pueblo y pregunta por John Spencer, comprobará que todos pretenden saber más de él de lo que realmente saben. Entre las historias que corrían de boca en boca y oreja en oreja y las ideas que cada uno se hacía de ellas, nadie sabía realmente casi nada de John. La persona que más autoridad podía tener para hablar de él fue, sin duda, Jim. Tampoco es que pasase mucho tiempo con John, no llegó a los dos años (el tiempo que le quedaba de vida al viejo), pero fue la persona que más se acercó a cono-cerlo realmente. En todo ese tiempo, apenas cruzaron palabra. Jim trabajaba afanosamente en el huerto mientras John seguía cumpliendo su condena en la cantera. Al termi-nar de picar, John se acercaba al huerto y observaba a Jim. A veces desde más cerca, a veces desde más lejos, pero no solían intercambiar palabra alguna. Pasado el tiempo, de algún modo, llegaron a acercarse mucho, a ser casi íntimos... a su manera. Llegó un momento en que uno esperaba la presencia del otro, se habían acostumbrado a verse, a trabajar codo con codo y a compartir su silencio y su soledad. Al igual que con Dorothy, su relación se basó en la costumbre y en la aquiescencia De vez en cuando hablaban. Poco, pero hablaban. En una de esas conversaciones, al fuego y en compañía de vino, John resultó muy esclarecedor. Jim nunca había querido ser indiscreto, pero un día le salió la pregunta sola, lo que por dentro llevaba queriendo saber desde hacía mucho tiempo. Le salió de golpe, sin darse cuenta, y la soltó con un tono aséptico, propio del que no le da mucha importancia a aquello sobre lo que habla. —John, ¿por qué mataste a toda esa gente? John se permitió un momento de reflexión antes de articular palabra. Respondió con un tono monótono y entrecortado. —Bailaba. Bailaba con el diablo. —¿Bailabas con...? John interrumpió con el mismo tono ahogado y descolorido. —Todos vemos al diablo alguna vez. Pero algunos bailan con él y otros no. Yo sí lo hago. Me gusta bailar con él. Siempre el mismo vals. Unas veces le llevo yo, le guío al ritmo de la melodía que hay en mi cabeza. Pero, otras veces, cuando todo se nubla a mi alrededor, es él quien me lleva a mí.


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