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  terror > EspiritismoAquella noche

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se publicó en la web el 13 de Abril del 2009

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  Categoría: terror > Espiritismo
  Titulo:

Me llamo Lucía y ayer cumplí nueve años. El reloj de cuco que me regaló mi padre por mi cumpleaños, y que cuelga de una de las paredes de mi habitación, marca las once y doce minutos. Me parece escuchar a mi padre llamarme desde fuera. Me asomo a la ventana pero no hay nadie. Aún sigo aferrada a la muñeca de trapo que me ha regalado mi madre, para mí la más bonita del mundo. Me ayuda a tranquilizarme, aunque no tengo miedo, solamente preocupación porque mis padres aún no hayan llegado de visitar a mi tío. Únicamente he conseguido cerrar los ojos durante un minuto. Me es imposible conciliar el sueño sin mis padres en casa, más aún sabiendo que deberían haber llegado a las nueve. Mi tío lleva enfermo más de dos meses y, aunque los médicos desconocen la causa de su mal, mi prima me ha dicho que les ha escuchado, que se esta pudriendo por dentro y que poco pueden hacer mas que rezar. Desde entonces le visitan todos los viernes. Se van después de comer y vuelven a la hora de la cena. Pero hoy aún no han vuelto. Fuera llueve mucho. Los truenos de la tormenta resuenan en la habitación, y hacen temblar la luz del quinqué creando sombras tenebrosas en las paredes, que desaparecen momentáneamente cuando el resplandor de un relámpago atraviesa la ventana, cubriendo la estancia de un blanco fulgente. No tengo miedo pero estoy muy azorada. No es normal que mis padres se retrasen tanto. Un día, cuando volvían de visitar a mi tío, uno de los caballos que tiraban del carruaje se fracturó una pata en un bache del camino. Tuvieron que dejarlo y seguir con tres únicamente. Tardaron un poco más pero antes de las diez ya estaban en casa. ¡Ya están aquí! He escuchado abrirse la puerta principal. Sin embargo no he escuchado el carruaje ni la puerta de las cocheras que tanto chirrían. Las habrán engrasado esta mañana los caballerizos. ¡Han vuelto! Apago el candil de la habitación y me tumbo en la cama. A mi padre no le gusta que esté despierta a esas horas. Y a mi me encanta que entre en mi habitación y me de el beso de buenas noches pensando que ya estoy soñando con los angelitos. Me tapo con las mantas y cierro los ojos, agarrándome fuertemente a mi muñeca de trapo. Escucho atentamente pero no les oigo hablar, únicamente los pasos en la entrada principal. Unos minutos más tarde escucho a mi padre subir las escaleras que dan al pasillo de mi habitación. Se que es él porque no siento los tacones de mi madre que tanto suenan en el mármol de las escaleras. Asciende lentamente, como lo suele hacer siempre que estoy despierta para oírle subir. Finalmente llega hasta la puerta. Puedo ver la luz amarillenta de una vela que se cuela por entre las rendijas. Noto algo extraño en aquel resplandor pero no le doy demasiada importancia. Me tapo con las mantas hasta la cabeza, me giro mirando hacia el otro lado y cierro los ojos. Se gira el pomo y se abre la puerta. El chorro de luz entra en la habitación pero mi padre no lo sigue. Se queda quieto bajo el marco de la puerta. Giro la cabeza lentamente para ver que es lo que ocurre. Abro los ojos, y la imagen entra en mi retina para pasar al cerebro con tal brusquedad que noto como esta rebota dentro de mi cabeza, intentando buscar el sentido. Sin embargo, no encuentra explicación satisfactoria al hecho de que el hombre que esta bajo el dintel no sea mi padre, sino un desconocido en el sentido más amplio de la palabra. Cierro los ojos en un vano intento por hacer desaparecer esa figura de la entrada de mi habitación mas, sin embargo, continúa allí, quieta, observando con atención la habitación ayudado por la extraña luz que sujeta en una de sus manos. Quiero moverme, quiero gritar, pero algo dentro de mí me impide hacer otra cosa que no sea mirar aquel hombre de aspecto desconocido quien continúa parado en el mismo lugar. Entonces, sin mediar palabra, se gira y le veo continuar por el pasillo hacia delante, desapareciendo de mi campo de visión unos instantes más tarde. Es entonces cuando mi cuerpo sale del letargo en el que se había sumido y comienzo a temblar. Todos y cada uno de los músculos de mi cuerpo, que antes era incapaz de mover, ahora lo hacen de forma compulsiva y sin freno. Pienso en mis padres. Que les habrá pasado. Por qué no están aquí. Y quien es ese hombre que ahora avanza por el pasillo hacia las habitaciones de los sirvientes, que hoy no se encuentran, ya que los fines de semana los tienen libres para ir a visitar a sus familias. Consigo concentrar mis pensamientos en una cosa, pedir ayuda. La casa más cercana es la de los Montalvo, que viven a menos de un kilómetro de aquí. Me aterra la idea de salir a estas horas afuera, y mis padres no lo aprobarían, pero ellos no están aquí. De eso estoy segura. Las únicas personas que hay en mi casa somos yo y aquel extraño hombre que ahora debe estar al fondo del pasillo, observando, como ha hecho en mi habitación. Salgo muy despacio de mi cama y, sigilosamente, me acerco a la puerta y me asomo al pasillo. El hombre está al fondo, en el lado opuesto de las escaleras. Se encuentra de espaldas a mí y no parece haberse dado cuenta de mi presencia. Salgo lentamente y me dirijo a las escaleras. Cuando llego a ellas veo que una luz tenue, pero que en la oscuridad de la noche se me antoja extremadamente brillante, alumbra la sala de abajo. Bajo las escaleras y, casi al final, escucho atentamente. Susurros, ¡aquel hombre no había venido solo! Me asomo cuidadosamente y veo tres personas más, dos chicas y un chico, con la misma apariencia extraña que el hombre de arriba. Se encuentran sentados en círculo, en torno a dos grandes cirios encendidos, sobre la alfombra persa y bajo la lámpara de araña que preside el salón. Y tres metros más allá la puerta principal. Una de las chicas está justo de frente a las escaleras y los otros dos de espaldas a mí. Trato de ordenar las ideas en mi descontrolada cabeza. Imposible llegar hasta la salida sin que me vean. Se me ocurre volver arriba y salir por la ventana de una de las habitaciones. Me doy la vuelta y veo al hombre de mi habitación arriba de las escaleras. Comienza a bajar con su extraña luz alumbrando hacia un escalón a un metro de donde me encuentro. Bajo las escaleras que faltan, me dirijo hacia el lado opuesto a aquel extraño grupo y me oculto tras unas grandes cortinas. Me quedo en silencio y escucho. Los pasos del hombre se dirigen hacia el otro lado y respiro tranquila. No me ha visto. Es entonces cuando una voz femenina dice algo que no logro entender, a lo que una voz de hombre responde: “Nada extraño”. “¿Podemos empezar ya?”-Pregunta otra voz masculina. “Si. Ya casi es la hora”- Responde el primero. ¿La hora de qué? Durante un rato se oye movimiento, como si se estuvieran acomodando. No me atrevo a mirar. Entonces una de las chicas dice: “Lucia, ¿estás ahí?” ¿Cómo? Ahora si que estoy atónita. ¿Cómo saben estas personas mi nombre? Nunca en mi vida las había visto. No me las han presentado pues seguro las recordaría. De nuevo la chica dice: “Lucia, si estás ahí haznos una señal” ¿Una señal? Estoy realmente asombrada. Estas extrañas personas me están buscando, pero, ¿por qué? Como un relámpago cae sobre el tronco de un árbol y lo parte en dos, una idea aparece en mí quebrándome la moral. Mis padres. ¿Qué han hecho con mis padres? La furia me invade completamente y nubla mi capacidad de raciocinio. Completamente fuera de mí salgo de detrás de las cortinas llorando y gritando: “¡Dónde están mis padres! ¡Qué les habéis hecho!” Lo repito una y otra vez mientras me acerco a aquel grupo que ha violado la intimidad de mi casa y a saber lo que han hecho con papá y mamá. “¡Dónde están!” Mis gritos son cada vez más potentes, y la rabia mal contenida es expulsada al exterior por todos y cada uno de los poros de mi piel. Sin embargo ellos parecen no percatarse de mi presencia. Ni siquiera me miran. “Lucia, ¿estás con nosotros?” “Lucia, háblanos.” La ira se incrementa a cada paso que doy, se instala en cada centímetro de mí ser y me impide pensar en las consecuencias de mis actos. Tropiezo con una mesita sobre la que hay un pequeño elefante de cristal y éste cae al suelo. Estoy a dos pasos de ellos, me paro en seco, y toda la ira, el miedo y la furia sale de mi en ese momento en forma de palabras: “¡Aquí estoy! ¿Qué queréis de mí?” Entonces se callan, el silencio más absoluto retumba por toda la casa. El silencio lo inunda todo. Se puede oler el silencio, huele acre, y a malvas. Se puede sentir, frío y húmedo. Se puede ver, oscuro y claustrofóbico. Ellos callan y miran. Se miran los unos a los otros, miran a su alrededor, miran más allá de las paredes de la habitación. Pero no me miran a mí. La expresión de sus rostros refleja temor y sorpresa. No me buscabais a mí, pues aquí estoy, pienso. La rabia, que había expirado hace unos segundos, vuelve a mí con más fuerza. Rodeo aquel extraño grupo de personas y voy hacia la puerta principal. Ahí os quedáis. Con tal fuerza que creo romperlo giro el pomo y tiro de la puerta hacia mí, pero antes de que pueda poner un pie en la calle esta se cierra de un golpe delante mía como accionada por algún resorte. La sala comienza a girar a mi alrededor. Me doy la vuelta y ahí siguen los chicos. Pero ya no están sobre la bonita alfombra persa que mi madre trajo de su viaje al lejano oriente, sino sobre la madera carcomida y putrefacta que hace solo unos segundos era un parqué perfectamente pulido. Ya no cuelga del techo la reluciente lámpara dorada, sino unas telas de araña que cubren gran parte de la habitación. Las cortinas de raso tras las que me ocultaba hace solo unos minutos han desaparecido para dejar al descubierto unas ventanas con los cristales rotos hace mucho tiempo y mal tapados con unos tablones de madera, y en la sala no hay más mueble que un sillón del que chinches y otros insectos han hecho su hogar. Todo está cubierto de polvo, como si hubiesen pasado mil años desde que abrí la puerta para salir a la calle huyendo de aquella pesadilla, que ahora descubro puede ser peor. Los chicos se levantan rápidamente del polvoriento suelo. En sus rostros puedo ver terror. Terror que yo no comparto. Sólo siento rabia, y furia. Siento el deseo de volver a mi cuarto y agarrarme a la preciosa muñeca de trapo que me ha regalado mi madre. Salgo corriendo hacia las escaleras, ahora cubiertas de, al menos, cinco centímetros de polvo, y escucho tras de mi salir a aquellos chicos corriendo, abrir la puerta, y cerrarse tras de sí con un tremendo golpe. Cuando llego a mi habitación el panorama es aún más horrendo si cabe que en el salón. Mi cama, antes cubierta con una preciosa colcha rosa tejida por mi madre, ahora no es más que un putrefacto colchón, y unos oxidados hierros lo que antes era un precioso cabecero dorado. Las paredes cubiertas de moho y telas de araña donde se dibujaba un bonito paisaje en el papel de la pared. Encuentro mi muñeca de trapo tirada, cubierta de polvo como si el suelo y ella fueran una única cosa. La abrazo y me tumbo en la cama. Quiero dormir. Estoy muy cansada. ¿Dónde estarán papa y mamá? Me despierto muy alterada. Aún sigo abrazada a mi muñeca de trapo. Miro a mi alrededor. El papel de la pared vuelve a mostrarme el bonito paisaje de siempre. Estoy tapada con la suave manta rosa y en el techo no hay más que un pequeño tábano que se habrá colado por alguna ventana. Todo ha sido una pesadilla, un horrible sueño. Un relámpago inunda la habitación de un blanco brillante y un trueno hace vibrar la mecha del quinqué que sigue encendido. Sin soltar la muñeca, me reincorporo y salgo de la habitación. Todo está a oscuras, y lo único que se escucha es la lluvia caer sobre el tejado de la casa. En el pasillo hay un olor fuerte, como a quemado. A medida que bajo las escaleras el olor se hace más insoportable y un humo negro parece cubrir todo el salón. Cuando llego abajo el aire es irrespirable. Me tapo la boca y la nariz con la mano que tengo libre. Logró ver entre el humo unas inmensas llamaradas que salen de la cocina y cubren ya una buena parte del salón. Casi no puedo respirar. Miro hacia la puerta, oculta tras la espesa nube de humo, y observo horrorizada como las llamas han llegado hasta esa parte de la sala, quizá avivadas por el suelo de madera y las fastuosas cortinas que cubren casi todas las paredes. Lo último que veo antes de retroceder hacia las escaleras es el pequeño elefante de cristal tirado en el suelo. Subo rápidamente y corro por el pasillo hasta entrar en mi habitación cerrando la puerta tras de mi. Fuera otro relámpago atraviesa el cielo y un trueno le sigue unos instantes después. El olor a quemado se incrementa y observo horrorizada como el espeso humo comienza a filtrarse por las rendijas de la puerta. Gritos. Fuera se escuchan gritos. Miro afuera y veo a mis padres y varias personas más gritando mi nombre. Abro la ventana y en instantes la habitación se llena de humo cubriéndolo todo de negro. Mis pequeños pulmones no encuentran oxígeno en aquella atmósfera y mi consciencia es cada vez más débil. Sin soltar mi preciosa muñeca de trapo caigo sobre la cama. Lo último que veo antes de cerrar los ojos para siempre es el reloj de cuco que me regalo mi padre por mi cumpleaños y que cuelga de una de las paredes de mi habitación. Marca las once y once minutos. Me llamo Lucía y ayer cumplí nueve años. Edgar Jiménez García


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