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  terror > EspiritismoAnimae

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se publicó en la web el 25 de Marzo del 2008

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  Categoría: terror > Espiritismo
  Titulo:

A veces sólo el tiempo ayuda a entender y a dar sentido a las cosas extrañas que nos suceden. De igual modo tendemos a pensar que, como suele decirse vulgarmente “el tiempo lo sana todo”, no obstante hay heridas que no cicatrizan nunca y hechos para los que resulta imposible encontrar sentido. He tenido mucho tiempo para reflexionar, quizá más del que me corresponde, y aún hoy me parece vivir un engaño. Quizá este breve relato es sólo un intento más de encontrar sentido a algo tan inescrutable e intangible como el aire invisible. Como si al ver escrita mi propia historia todo fuese más razonable y coherente. He estado pensando un buen comienzo desde hace algún tiempo y el único que se me ha ocurrido no es demasiado bueno, sin embargo por algún sitio hay que empezar... Cuando se cuentan estas historias normalmente comienzan con un “a un amigo mío…” o incluso “a un amigo de mi amigo…” sin embargo la verdad es que todo lo que voy a contar, por extraño que suene, me ocurrió a mi una fría noche de diciembre hace unos diez años y aún hoy sigo sin encontrarle explicación... Es difícil transmitir a aquellos que no conozca las tierras de Galicia, sus campiñas y sus pequeñas aldeas o más concretamente sus frondosos bosques, el ambiente, casi el sentimiento mágico que impregna aquellos parajes. En mi defensa sólo puedo alegar que cuando la observas durante el día, la campiña parece revestida con un tupido manto verde. Sus campos son fértiles y sus bosques profundos y oscuros, revestidos de un halo irreal, como sacados de un antiguo cuento de hadas. La prolífera vegetación se debe sin duda a las abundantes lluvias que, de forma casi continua, riegan estas tierras y a que el aire es tan puro y limpio como lo era hace doscientos años en el resto de España. Yo no soy natural del norte, ni siquiera puedo decir que haya pasado mucho tiempo “allá arriba”, sin embargo, desde la primera vez que pisé aquellas tierras quedé atrapado por esa belleza tranquila que, muchos de los que han hecho el Camino de Santiago describen como, “una clase distinta de tiempo”, un lento discurrir que parece meditar más las cosas. Pero no es mi intención alejarme de la narración de lo que ocurrió aquella noche de diciembre. Conducía un viejo Renault cinco por una pequeña carretera comarcal entre Ousende y Chantada. Por aquel tiempo empezaba como agente comercial de la empresa en la que aun continúo trabajando. Ahora tengo un Audi y son otros los tienen que visitar pueblos que no aparecen en ningún mapa… pero en aquella época aún estaba muy abajo en la jerarquía y solía encargarme de las rutas más incómodas. Hacía sólo un año que Esther y yo nos habíamos casado y la pequeña María todavía estaba en proyecto. Se puede decir que disfrutaba con mi trabajo, a pesar de los pueblos recónditos y de las largas horas al volante. Viajar tanto tiene sus ventajas, te ayuda a crecer como persona y a conocer gentes con formas de pensar muy distintas y, por que no, peculiares. Hoy en día el teléfono y, sobre todo, Internet han dejado a un lado la mayor parte del encanto de este trabajo. Mi intención era recorrer la máxima distancia posible durante la noche, hora en la que las carreteras suelen estar más despejadas. Con un poco de suerte quizá podría estar con Esther el día antes de nochebuena y pasar con ella, y con la cosita que crecía en su interior, un par de días de descanso. Las noches lluviosas son algo más que habituales en Galicia, especialmente en diciembre. Por suerte para mí cruzaba un valle y la nieve sólo hace acto de presencia en las altas cumbres. La calefacción funcionaba a ratos y la luna delantera no paraba de empañarse cada diez minutos. Recuerdo perfectamente que aquella noche no tenía sueño, mi mente estaba alerta y despejada como no lo había estado en semanas. Supuse que se debía a los nervios que había soportado durante todo el día. Aún no me podía creer que hubiera cerrado dos contratos tan importantes en una de esas aldeas desconocidas, pero lo cierto es que no dejaba de pensar en cómo iba a gastar la jugosa comisión de las ventas. ¿Un coche nuevo? ¿Hacer la reforma de la cocina que tanto quería Esther? ¿Ahorrarlo para los gastos del bebe?... Supongo que aunque estaba completamente despejado mi mente estaba en otro sitio. Quizá por eso la aparición del animal me pilló desprevenido. De repente el mundo quedó reducido a un par de ojos grandes y asustados. Pisé el pedal del freno con los dos pies, como suelen hacer en las malas películas de acción, pero el coche siguió acercándose al pobre chucho que estaba plantado en mitad de la carretera. Creo que no descubro nada nuevo si digo que, cuanto menos tiempo tenemos para decidir algo, más irracionales son nuestras acciones. El caso es que, en aquella oscura y empantanada carretera perdida de la mano de dios, lo único que deseaba era no atropellar a aquel mugriento perro. En mi mente no cabía la posibilidad de estrellarme, tampoco la de pasar sobre aquel estúpido animal y seguir mi camino, ni siquiera llegué a pensar en Esther que me esperaba en casa. Mis manos, sin consultarme siquiera, giraron el volante y el coche derrapó con un lastimero quejido. Durante un segundo no supe exactamente dónde estaba, sólo notaba una extraña sensación de ingravidez en el estómago y, de improviso, noté el fuerte golpe contra el suelo. Más tarde comprendí que el coche había patinado a dos ruedas durante varios metros y que, por pura y simple suerte, había frenado junto a la carretera en un claro despejado de árboles. Fue el minuto más largo de toda mi vida, tenía ganas de reír y de llorar al mismo tiempo. Las nauseas y el impulso de vomitar se mezclaban con la alegría de sentirme vivo por desgracia al final las nauseas ganaron y salí rápidamente para desalojar la cena que había tomado unas horas antes. La lluvia y el aire frío me ayudaron a despejarme un poco. Miré a la carretera pero no había ni rastro del perro, al menos había tenido la decencia de dejarme vomitar en paz. Calado hasta los huesos y tiritando entré de nuevo en el coche. Con la mano temblorosa a causa del frío giré la llave de contacto y por un instante temí que el motor no respondiera pero el viejo Renault reaccionó al segundo intento ronroneando como si quisiera decirme “¿Acaso creías que iba a dejarte tirado?”. Bendije mi suerte y pisé el acelerador. Si alguna vez me pregunté cómo sonaba el fracaso, en aquel momento tenía la respuesta justo a mi espalda. Las ruedas traseras chapotearon alegremente en el barro mientras se hundían lenta e inexorablemente. Seguramente golpeé el volante durante uno o dos minutos. Estaba empapado y helado, furioso conmigo y con el mundo por gastar bromas tan crueles como aquella. Poco a poco el ataque de ira fue remitiendo y la fría calma me permitió pensar con más claridad. En aquella época los teléfonos móviles sólo eran un lujo al alcance de los grandes ejecutivos, la mayoría de los mortales nos conformábamos con las cabinas telefónicas, y era evidente que no había ninguna en varios kilómetros a la redonda. Las únicas alternativas eran andar siguiendo la carretera o esperar pacientemente, sin ceder al sueño, a que pasara otro conductor… Ninguna de las dos perspectivas parecía halagüeña, sin embargo opté por la segunda, la oscuridad impenetrable del bosque y la lluvia me disuadieron de salir a caminar. No puedo decir cuanto tiempo estuve esperando, según mi reloj no debieron ser más de dos horas, sin embargo yo notaba el lento transcurrir del tiempo, como si fuese un gusano de múltiples patas que se arrastrara sobre mi piel. Tenía frío y tiritaba continuamente aún hoy no sé como no pillé una pulmonía. El caso es que, en algún momento de la noche, la lluvia cesó y las nubes dejaron un pequeño espacio para que la luna llena más brillante que yo jamás haya visto iluminara el bosque llenándolo de sombras plateadas e inundándolo de un aura fantasmal. La visión hizo que me olvidara momentáneamente del frío y pude observar con más detenimiento el lugar donde me encontraba varado. El pequeño claro no debía tener más de diez metros de diámetro. Posiblemente, en otro tiempo, había sido un apeadero o un área de descanso, pero el bosque no parecía ceder fácilmente su terreno y los árboles recuperaban poco a poco el espacio que el hombre les había robado. La carretera, poco más que un ancho camino asfaltado, estaba llena de barro y charcos de agua. A la luz de la luna se apreciaban claramente las marcas de los neumáticos que había dejado tan sólo unas horas antes y que ahora también charcos… A través de la ventanilla del acompañante podía ver las siluetas de los árboles. Tan sólo me atrevía a mirar durante unos segundos la impenetrable oscuridad del bosque porque, de alguna forma, la imponente foresta avivaba todos mis temores infantiles. Era como si volviese a tener seis años y me encontrara completamente sólo ante la oscuridad. En cierta forma supongo que así era. Estaba sólo y al igual que a un niño asustado, la oscuridad me parecía más amenazante que ninguno de los peligros racionales que habitualmente asaltan mi mente adulta. Si en aquel momento hubiese podido elegir habría preferido tener que enfrentarme a un sólido y corpóreo atracador en lugar de a intangible oscuridad que me rodeaba. Intenté ignorar e bosque lo mejor que pude. Centré la vista en el volante, en la carretera e incluso en el estúpido calendario magnético que adornaba el salpicadero. Sin embargo todos mis esfuerzos fueron en vano. Mi mirada volvía una y otra vez a las oscuras sombras que parecían moverse entre los árboles. Era imposible, como huir del canto de las sirenas, o como la morbosa sensación que nos impulsa a mirar un accidente de tráfico, sabiendo que no nos gustaría lo que podemos ver. Sin poder evitarlo me di cuenta de que mis ojos estaban clavados en el bosque y que algo parecía moverse entre las sombras, algo que paseaba justo al límite de mi visión y que se escapaba con increíble habilidad saltando de escondite en escondite. Un fuerte golpe en el cristal me pilló completamente desprevenido. El ruido hizo que me sobresaltara tanto que me golpeé la cabeza contra el techo del coche. Tardé unos segundos en tranquilizar los latidos de mi corazón y lograr enfocar la fuente del ruido. Justo delante de la ventana había un sonriente anciano de pelo blanco y ralo saludándome efusivamente con la mano, como si fuésemos viejos amigos que vuelven a encontrarse tras una larga temporada. Dejando entrar de nuevo el aire a mis pulmones bajé la ventanilla. - ¿Tiene problemas amigo? La voz del anciano era rasposa y metálica a partes iguales, como si tuviera alambre de espinos en lugar de cuerdas vocales. Un ligero tufo dulzón, como de fruta demasiado madura, se abrió paso hacia el interior del coche. - Me he quedado atascado… ¿Sabe de algún teléfono cerca de aquí? El anciano observaba mis labios con suma atención, como si intentara leer cada una de mis palabras. Recuerdo haberme fijado en ese detalle concreto por alguna razón que ahora desconozco, en aquel momento pensé que seguramente el anciano era sordo y por eso leía mis labios. Lo curioso es que apenas reparé en su ropa, tan sólo recuerdo que, pese al frío de la noche el hombre llevaba una fina camisa de manga corta. En su boca seguía congelada, como un rictus o una especie de máscara, la misma sonrisa forzada con la que le había visto saludarme. Era una sonrisa extraña que dejaba entrever unos dientes amarillos y sucios salpicados de algún que otro agujero oscuro y profundo por el que se escapaba el pestilente aroma dulzón que había notado al principio. En aquel momento sentí asco, una repulsión visceral hacia aquel hombre difícil de explicar con palabras. Un sentimiento de rechazo, como si aquel anciano fuese un horrible insecto que me palpase con sus repulsivas antenas, en definitiva, como si aquel ser fuese una horrible abominación cuya mera existencia fuese contranatura. Si alguien me hubiese preguntado qué era exactamente lo que me repelía del anciano, supongo que no habría sabido concretarlo, todo él poseía un aire inquietante e irreal, como un dibujo de Picasso en un lienzo de Rubens. - Hay un pazo a unos cinco kilómetros de aquí, siguiendo por la carretera. – El hombre se detuvo como si hubiese dicho alguna inconveniencia y levantó la vista lentamente hacia el cielo. Durante todo el proceso la sonrisa continuó inmutable en mitad de su rostro, llegué a pensar que quizá sufría algún tipo de parálisis. Al levantar la cabeza para mirar el cielo no pude evitar un cierto escalofrío. Los últimos botones de la camisa del anciano no estaban cerrados y su cuello estaba lleno de escamas de piel seca que colgaban como la vieja piel de una serpiente. – Pero yo de usted no saldría del coche una noche como esta. Un quedo y chirriante murmullo hizo que se me erizaran los cabellos de la nuca, tarde unos segundos en entender que el anciano estaba riéndose. - ¿Por qué dice eso? El hombre levantó su mano, también con movimientos lentos, y señaló la luna llena que brillaba en el cielo. - Hay luna llena. Me quedé observando la luna, como si fuese la primera vez que veía el astro de plata en el cielo. Cuando finalmente volví a mirarle no parecía dispuesto a añadir nada. Tras unos segundos de silencio volvió a clavar sus ojos oscuros y acuosos en los míos. Supongo mi mirada dejaba ver claramente que no tenía ni idea de lo que el anciano quería decir. - Cuando hay luna llena no es recomendable andar por el bosque. Estuve a punto de echarme a reír. ¿Acaso ese hombre trataba de burlarse de mí? Casi esperaba que empezara a hablarme del hombre del saco o de hombres lobo. Con un movimiento increíblemente rápido, su mano aferró mi brazo. Tenía una fuerza increíble pese a su aspecto frágil y por un momento me entró el pánico. - No haga ninguna tontería. Quédese ahí dentro. A salvo. Ellos buscan compañía. Traté de soltarme, pero su mano era como una tenaza de acero. El viejo continuó mirándome a los ojos un segundo más, con su extraña sonrisa que parecía a punto de partir su cabeza en dos y cerrando cada vez más el cepo en que se había convertido su mano. Cuando finalmente me soltó cerré rápidamente la ventanilla del coche, como si el frágil cristal pudiera servir de algo. El anciano continuó sonriendo satisfecho y se alejó con paso tranquilo. No se habría alejado más de cinco o seis metros cuando un chucho de ojos llorosos, el mismo que casi logra matarme, se unió a él para alejarse por la carretera. En cuanto el anciano desapareció entre las sombras de la noche noté como mis músculos se relajaban y volví a respirar con naturalidad. Una sensación de alivio generalizada invadió todo mi ser. ¿Por qué me había puesto tan nervioso? Al fin y al cabo sólo era un viejo de pueblo que paseaba de noche… realmente no había nada de extraño en eso… Mi mente se esforzaba en buscar una salida racional para mi miedo. En pocos minutos el encuentro comenzaba a perder nitidez en mis recuerdos. Gracias a la perspectiva de los años ahora puedo entender con claridad lo que en aquellos momentos se difuminaba en mi mente como un puñado de arena arrastrada por el viento. El frío, que había quedado en segundo plano durante la visita del anciano, volvió a dejarse sentir con más fuerza que antes. La situación empezaba a volverse difícil, por no decir desesperada. No tenía nada con que abrigarme. Estaba empapado aún y la calefacción del coche no funcionaba. Quizá la opción de esperar a otro conductor no había sido tan buena idea como pensé en un principio. Tal vez, si empezase a caminar, entrase en calor… Cualquier situación sería mejor que morir congelado sin hacer nada… De repente la idea de salir a buscar ayuda, de acercarme al pazo que el anciano había mencionado, me pareció mucho más atractiva que seguir tiritando en mi coche, rodeado de sombras informes e inquietantes ruidos. A fin de cuentas cinco kilómetros no era una gran distancia para recorrer a pie. Vacilé durante un instante antes de salir del Renault y cerrarlo con llave, sin embargo una vez que empecé a andar, me pareció que había tomado la decisión adecuada. Fuera del vehículo, sin tener que mirar el mundo a través de unos cristales borrosos, las sombras parecían menos amenazantes y el aire puro y limpio me ayudaba a despejar mi cabeza mucho mejor que cualquier analgésico. Comencé a caminar a buen paso, tratando de entrar en calor con algo de ejercicio, sin embargo tuve que bajar el ritmo poco después de alejarme del coche porque los zapatos me estaban destrozando los pies helados. Ya había perdido de vista el Renault, y el claro donde estaba parado, cuando divisé una luz a poca distancia del lindero del bosque, aún era pronto para que se tratara del pazo que me había indicado el anciano. Sin embargo era posible que no hubiese calculado bien las distancias o tal vez se trataba de excursionistas… incluso un guardabosques con un poco de suerte. Después de observarla unos instantes me decidí a adentrarme en el bosque y acercarme a la luz. Las formas se hicieron cada vez más nítidas conforme reducía la distancia. Los árboles se habían convertido en grises guardianes que me observaban con seriedad y cierto recelo. Mis pies se movían solos bajo la promesa de seguridad que ofrecía la, cada vez más cercana, luminosidad. Finalmente llegué al vacilante límite exterior de la claridad. Como si de una frontera física se tratara la luz describía un amplio círculo dentro del cual las sombras se movían al ritmo de las llamas de una hoguera. Me detuve vacilante a un paso del límite. Mis piernas me instaban a seguir, pero algo en mi interior veía con recelo la fría claridad. Tan enfrascado estaba en mis dudas que, al principio, no me percaté de que había gente sentada cerca del fuego. Mis ojos registraron el lugar y una vaga desazón invadió mi pecho. Alrededor de la hoguera de llamas azuladas una veintena de ancianos me observaban. Sus rostros alargados y arrugados parecían frías máscaras en las que las llamas dibujaban extrañas formas. En sus cuencas, ocultas a la luz, se adivinaban unos ojos inquisitivos que parecían examinarme como si fuese un extraño insecto o un raro fenómeno de la naturaleza. Todos ellos vestían con ropas gruesas de lana gris o blanca y aunque la mayoría eran hombres recuerdo que había varias mujeres en el grupo. Durante un instante me quedé allí parado, como si mi cuerpo entero fuese de pesado metal. Mi corazón y mis entrañas me decían que algo no estaba bien, que era mejor dar media vuelta y volver a la carretera, o mejor a un lugar aun más lejano, no obstante continué de pié tan inmóvil como los árboles que me rodeaban. Como si todo transcurriera a cámara lenta uno de los ancianos, un viejo de barba rala y cana, se levantó de su sitio alrededor del fuego y se acercó con movimientos suaves hasta donde yo me encontraba. Había en él una nota discordante, quizá en su forma de andar, como si fuese una película a la que le faltan fotogramas, como si a veces sus movimientos fuesen invisibles al ojo humano o quizá estaba demasiado cansado para razonar con claridad. - Buenas noches viajero. ¿Se ha perdido? – Su voz era rasposa y poseía una curiosa cadencia casi musical, como si fuese un instrumento mal afinado pero de gran potencial. Tenía un acento muy marcado y a veces parecía elegir con cuidado la siguiente palabra. Supuse que no solía hablar en castellano habitualmente. En mi aturdimiento no pronuncié ni una palabra, sólo sacudí la cabeza afirmativamente, como una vieja marioneta sin hilos. - Venga. Acérquese al fuego con nosotros…. – Hizo ademán de coger mi brazo, sin embargo en un impulso me adelanté y avancé hacia el único sitio libre alrededor de la hoguera, sin dejar que me tocara. Los consumidos rostros seguían fijos en mí. Dos docenas de pupilas acuosas observando cada uno de mis movimientos. El frío había sido reemplazado por una mezcla de recelo, sorpresa y curiosidad. No creo que aquel fuego calentase mucho, sin embargo mi cuerpo dejó de tiritar por primera vez en toda la noche. Mi anfitrión se sentó en una piedra cercana acompañado de un penetrante olor a tierra mojada y fruta pasada. - Quizá nosotros podamos ayudarle… Si quiere, podemos acompañarle en su viaje…- No estaba muy seguro de la razón, pero en aquel instante sus palabras parecían sinceras y sensatas. Quizá aquellos amables ancianos me ayudaran a sobrellevar la soledad de la fría noche. De esa forma, a la luz de la mañana, podría encontrar fácilmente a alguien que me llevara hasta la aldea más cercana… - Yo….- Las palabras se formaban pastosas, se atascaban en mi boca y salían de forma casi incoherente. Una suave modorra embotaba mis sentidos y los párpados trataban de cerrarse como si fuesen el telón de un viejo teatro. - Hace mucho frío para vagar por estos bosques de noche. Podría haber muerto congelado. Una parte de mi mente me decía que aquellas palabras encerraban una verdad inteligible más allá de la realidad que veían mis ojos. Durante un instante me imaginé sentado en mitad del bosque, completamente sólo y semiinconsciente a causa del frío y la humedad. Con un nuevo parpadeo volví a la realidad junto al anciano que me estaba hablando. - No… no quiero morir de frío. – Cada palabra me costaba un esfuerzo monumental. - Nosotros no permitiríamos que eso pasara… - su voz sonaba hueca y las palabras carecían de cualquier emoción humana.- Podrías quedarte con nosotros junto a este fuego. Compartiríamos el pan y podríamos viajar juntos. Así no volvería a pasar frío jamás. – En mi interior una débil vocecilla gritaba angustiada pidiendo que hiciera algo, que todo aquello estaba mal. No obstante mi cuerpo no mostraba signo alguno de actividad. Era como si estuviese encerrado en una cárcel de carne y hueso. Mis músculos no parecían reaccionar a ninguna autoridad y permanecí sentado cerca de la hoguera sin pestañear siquiera. Como si realmente estuviese meditando la invitación del anciano. Con un gesto pausado y tranquilo el hombre sacó una gran hogaza de pan y comenzó a repartirlo entre sus compañeros. Era como si tratasen de hacer una triste caricatura de la última cena. Mientras el pan pasaba de mano en mano los rostros seguían escrutándome con detenimiento, parecían esperar algo de mí. Traté de evitar sus inquisitivas miradas concentrándome en observar al anciano que se sentaba a mi lado. Sus arrugas eran profundos surcos por los que la fina neblina resbalaba. Era como una estatua de cera derritiéndose poco a poco. En un momento la hogaza pasó por las gastadas manos y el anciano que se sentaba a mi lado me ofreció el trozo de pan que me correspondía en el reparto. Su voz sonó extrañamente solemne y profunda. ¿Quieres pan? – El trozo que sostenía ante mí me pareció blanco y con poca corteza, esponjoso y apetitoso. Por alguna razón mi cuerpo, que ya no parecía ser tan mío, protestaba hambriento. Aquel simple gesto del anciano parecía simbolizar una promesa de calor y bienestar. En ese instante, como si un escalofrío hubiese estremecido lo más profundo de mi ser me di cuenta de lo mucho que me había estado engañando. Mis ojos veían sólo lo que querían ver. Llevaba allí sentado delante de aquellos ancianos un buen rato y aún no me había dado cuenta de la horrible realidad. El olor dulzón de la muerte se hizo evidente. Podía ver los rostros sin vida que me observaban con anhelo, con una insana envidia o tal vez con glotona avidez. Las máscaras cayeron todas al unísono, o quizá nunca habían estado ahí. Sus rostros no estaban arrugados por la edad. Si la muerte pudiese ser retratada aquellos rostros serían el lienzo en el que se inscribiría su macabra faz. Fue como si el mundo entero quedase en suspenso en un único segundo, en un solo latir de mi corazón. Fue un momento de revelación. Los ancianos me miraban con ojos sin vida y su piel amarillenta mostraba los signos del deterioro propios de la muerte. Sus manos huesudas parecían retorcidas ramas secas. De repente el claro del bosque se hizo más oscuro y frío. El fuego dejó de calentar, si es que lo había hecho en algún momento, y las llamas azuladas adquirieron un tinte fantasmagórico. El pan que me ofrecía el anciano estaba cubierto de moho verde, sus retorcidos dedos lo sostenían temblorosos al alcance de mi mano, como si aquel mendrugo aun pudiera tentarme. El corazón bombeaba furioso en mi pecho y el sudor corría frío por mi espalda, el velo que me nublaba la vista, o quizá el juicio, había desaparecido por algún motivo y la cruda realidad se mostraba desnuda ante mí. Haciendo un esfuerzo titánico logré ponerme en pie pero aun así los pies me pesaban como si fuesen de plomo, moverlos parecía un imposible. Tardé una eternidad en lograr que mis temblorosas piernas comenzaran a moverse. Sin embargo en cuanto empecé a correr los músculos comenzaron a desentumecerse. Los árboles pasaban a mi alrededor como si fuesen ellos los que en realidad huían y yo estuviese parado. El aire me quemaba en los pulmones, como a un buceador que se le ha acabado el oxígeno. Sin embargo no podía pararme. A cada paso que daba notaba las presencias a mi espalda, la misma vocecilla que hacía un rato me instaba a huir ahora me advertía que no había escapatoria posible. El bosque no parecía tener fin y yo corría a ciegas. No estaba seguro de la dirección que tenía que seguir para llegar hasta la carretera, ni tampoco si al llegar a ella estaría más seguro que en el bosque. Lo cierto es que nada de eso importaba. Lo único que deseaba era dejar de ver aquellos rostros arruinados y decadentes. El corazón parecía a punto de estallarme en el pecho y hacía tiempo que los pulmones se habían llenado de dolorosas agujas, sin embargo no me sentía a salvo. Tropecé en varias ocasiones, pero recuerdo que en ninguna llegué a caer al suelo. De hecho ni siquiera aminoré la velocidad. Hoy en día, tantos años después, todavía hay noches en las que creo que continuo en aquel bosque. Perseguido por sombras que tratan de alcanzarme y, al igual que aquella noche, hay veces que noto como una mano nudosa me roza el hombro tratando de aferrarme. Sin embargo, cuando mis fuerzas estaban llegando al límite y pensaba que iba a caer desmayado vislumbre una franja de oscuridad dentro de la propia oscuridad. La carretera estaba a menos de veinte metros. Continué corriendo, quemando hasta el último aliento, mientras sentía aún aquellas manos tratando de retenerme y con el penetrante olor de la muerte en mi abrasada nariz. Fue un impulso estúpido, una acción casi refleja, pero en el último instante, cuando ya había alcanzado la carretera y empezaba a pensar que había escapado, volví el rostro. Supongo que he olvidado el rostro que vi aquella noche. La mente humana tiende a protegerse de esas cosas. Sin embargo, a veces, cuando me quedo a solas en la oscuridad o cuando reúno el valor suficiente para tratar de recordarlo, veo dos luces brillantes en mitad de una oscuridad infinita y una sonrisa diabólica y fría que intenta arrancarme la cordura a dentelladas. El golpe llegó sin previo aviso. Todo lo que sé a partir de entonces me lo han contado. Según el hombre que me llevó al hospital, una buena persona que se dirigía al trabajo a primera hora de la mañana, salté delante del coche gritando como un poseso y con la cara totalmente desencajada en una mueca demente. Por su parte el doctor que me atendió sostenía que a parte de las contusiones producidas por el accidente me encontraba perfectamente. Seguramente había sufrido un ataque de pánico al verme sólo y perdido en mitad de la noche. Lo cierto es que decidí no relatarle a nadie el encuentro con los ancianos y evitarme así más problemas. Meses más tarde, cuando ya empezaba a olvidar el incidente paré a cenar en una pequeña aldea de Orense. La taberna era pequeña pero la comida no tenía nada que envidiar a la de los mejores hoteles. Allí, mientras comía, vi como un hombre entraba con una hogaza de pan debajo del brazo. Por alguna razón al ver el pan algo se removió inquieto en mi interior. El hombre se sentó en una mesa y le sirvieron su cena. Curiosamente su hogaza de pan sobrevivió al pequeño festín y, cuando se disponía a marcharse volvió a cogerla debajo del brazo. La curiosidad, acuciada por los recuerdos, fue más fuerte que yo. - Perdone. – El hombre se detuvo al pasar junto a mi. Era mayor, de entre sesenta y setenta años y su rostro parecía esculpido en granito, sin embargo una amistosa sonrisa afloró a sus labios al oír mi saludo. - ¿Qué se le ofrece? - Perdone que le pregunte… pero… - No sabía muy bien cómo hacer la pregunta sin que sonara impertinente, por suerte el hombre siguió mi mirada y su sonrisa se ensanchó aún más. - ¡Ahhh…! el pan…. – Una risa ronca y profunda surgió de su garganta durante unos instantes. - Lo siento… es que me ha parecido un poco extraño. - No se preocupe. Verá… el pan no es para mi. – por alguna razón noté como el sudor que me recorría la espalda se volvía más frío a cada instante. La voz del hombre se hizo más grave, o al menos eso me pareció a mi.- Jamás deben cruzarse los bosques de Galicia sin llevar pan. Por que puede ser que os encuentre la Santa Compaña, las almas en pena que vagan por ellos. Y si os encuentran os ofrecerán pan. Aquellos que no llevan su propio pan no tienen más remedio que aceptarlo y entonces se unen a ellos para siempre… Con una última sonrisa y una amistosa palmada en el hombro el desconocido se marchó de la taberna. Me quedé allí sentado. Sin saber muy bien por qué estaba temblando pese a que en la taberna no hacía frío. Miré el trozo de pan que había sobre la mesa y lo aferré con la mano. El anciano me había ofrecido un trozo de la hogaza y yo lo había rechazado aunque en aquel momento no tenía pan… ¿Qué demonios significaba eso? ¿Había escapado realmente o sólo había logrado una prórroga? Hoy por hoy aún no tengo ninguna respuesta para esas preguntas, sin embargo, muchas veces, todavía noto un frío en los huesos que ningún calefactor logra aliviar y, en esos momentos, me pregunto si no estaré viviendo una ilusión y, en realidad, sigo atrapado en aquel bosque, tiritando empapado y empleando las pocas fuerzas que me restan en huir de las almas condenadas que aún me persiguen.


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