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  terror > Asesinos en serieAmanecer(parte 1)

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se publicó en la web el 09 de Enero del 2009

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  Categoría: terror > Asesinos en serie
  Titulo:

Sábado, por la mañana. Una masa de nubes se aproximó surcando el cielo. Ian estaba tendido boca arriba en una azotea, contemplando aquél límpido vagar por el azul infinito. Y el sol, que terminó siendo devorado tras las blanquísimas nubes; y un ave que aprovechaba las ráfagas de viento para sobrevolar los campos cercanos en busca de suculentas presas; y en el murmullo de la gente, la vegetación y los animalillos que llevaba la brisa hasta sus oídos. Era un bonito lugar. El joven se irguió, encendió un cigarrillo y se pasó la mano por la cabeza. Miró con ojos neutros el estuche negro del tamaño de un madero que se encontraba situado a su lado. Tras unos instantes de vacilación, concluyó que aquel era el momento idóneo para actuar. El silencio precedente a cualquier matanza se abalanzó sobre aquel lugar. Sus dedos descorrieron el cerrojo de la caja, que cedió con un seco “tac”, y luego se sirvió de las palmas de sus manos para elevar la tapa, revelando así su contenido: un lustroso rifle de asalto Winchester acompañado de una mira telescópica y dos cartuchos perfectamente acomodados en sus respectivos espacios. No existía en el mundo nada más majestuoso para Ian que un arma limpia y lustrosa lista para ser utilizada. Dio una última calada al cigarrillo antes de lanzarlo al vacío. Su luz parpadeó hasta apagarse a medio camino entre la azotea y el suelo. Luego se agachó a coger todas las partes del rifle, las dejó con cuidado en el suelo rojo y comenzó a acoplarlas. Sus manos fueron de un lado a otro, caminando sobre los dedos como arañas, uniendo, ajustando, aflojando, golpeando…trabajando. Se implicó tanto en el montaje de la mira y los cartuchos que el tiempo pareció detenerse allá arriba. Al cabo de diez minutos el arma ya estaba montada. Ian se puso en pie, portando su trabajo entre los brazos con el gesto orgulloso y regocijado del padre que sostiene a su hijo, a su carne, y miró hacia abajo. Las voces de la gente habían ido adquiriendo volumen poco a poco hasta alcanzar el estrépito. Eran las nueve de la mañana y todo el mundo entraba a trabajar. Las carreteras se llenaban de coches que viajaban en todas las direcciones y sentidos, los tubos de escape vibrando y liberando humo negro al aire, las ruedas rechinando en el asfalto, los motores ronroneando, las luces deslumbrando. Ian se volvió a tender en el murete que bordeaba el edificio con el torso boca abajo, apoyado en sus codos, dejando un hueco ideal para el perfecto asentamiento de su Winchester. El cañón de ésta, empujado desde sus hombros, se asomó al otro lado del bordillo gris atravesando la finísima neblina gris flotante. El chico se ajustó el arma entre la unión del cuello y del hombro y acto después clavó el lateral del rostro en la base de la culata. Se dibujó en su cara una extraña mueca. Lo primero que pudo apreciar en el fondo de la mira fueron los surtidores de la gasolinera que había en frente. Movió un poco el rifle hacia la derecha y ahora aparecieron los asientos oscuros de una furgoneta a través del cristal parabrisas. Reguló el zoom con la punta del índice, disminuyéndolo. Conforme lo hacía, la imagen se alejaba e iban desvelándose el techo rojo del vehículo, varios árboles y matojos pertenecientes al campo colindante y, finalmente, la cabeza de un tipo (presumiblemente el dueño) cubierta con un sombrero blanco de cowboy. A pesar de la distancia, era capaz de observar sus ojos escondidos al otro lado de la sombra que se le proyectaba desde el sombrero. Ian pensó que aquél era un blanco perfecto: inmóvil, grande, sin estorbos de por medio. Se relamió los labios mientras acariciaba el gatillo áspero del rifle. Ahora lo sentía como una extremidad más de su ser, un instrumento poderoso controlado con absoluta plenitud que respondía a órdenes rápidas, eléctricas. El tipo continuaba son la manguera cogida, mirando el contador. Ahora o nunca. Ahora. Oprimió el gatillo e instantáneamente una fuerte explosión roja nubló sus oídos. Sus ojos se cerraron de manera instintiva y cuando volvieron a abrirse un segundo más tarde fue para presenciar un brillante chispazo en el aire y una tremenda explosión de sangre junto al surtidor de la gasolinera. El cowboy soltó la manguera y cayó como un peso muerto, golpeándose la parte posterior de su ensangrentada cabeza con el espejo retrovisor. Ian pudo observar cómo las piernas del vaquero empezaron a convulsionarse nerviosamente como en uno de esos muñequitos eléctricos a pilas de Elvis Presley. Sus caderas se agitaron medio minuto antes de perder cuerda en una elocuente interpretación de rock. Alrededor, en diferentes puntos, dos o tres personas se habían detenido para contemplar la escena. El cadáver detuvo al cabo su movimiento, quedando enfangado en un enorme charco de combustible, sangre y sesos. Ian sonrió. Pensó que todo sería más difícil. Poco a poco la gente se iba agolpando en medio de la calle, corriendo y gritando como si sus cuerpos estuvieran en llamas. Un tipo gordo con una gorra abortó su carrera, alzó la cabeza hacia su posición y se quedó mirándolo. Ian se percató de este hecho con el rabillo del ojo e inmediatamente empujó el arma en su dirección. Todo sucedía muy rápido. Un instante de imágenes borrosas. Su pecho centrado en el objetivo. Explosión. Caída hacia atrás del gordo. Brazos extendidos al cielo, boca llena de sangre. Gente mirándole y corriendo. Llorando. Imagen nuevamente borrosa. Imagen nítida de la puerta de la gasolinera. Retracción del zoom. Imagen nítida de un grupo móvil y cambiante de personas. Sucesión de explosiones. Ruido metálico suspendido en el aire. Renovados gritos. Mucha más sangre y varios cuerpos en el suelo. Ian subió el aumento de la mira con el índice para deleitarse con la agonía de una niña. Tenía el pelo rubio recogido en dos trenzas. Había quedado tirada junto a la puerta después de que la alcanzase en la garganta, donde se había abierto un agujero del tamaño de una moneda del que afloraban borbotones de sangre negruzca. Comprobó que la niña no podía llorar a pesar de que sus ojos estaban inundados en lágrimas, sólo abría y cerraba las mandíbulas como rumiando su propia sangre. La angustia mortal fue desapareciendo de su mirada hasta acabar apagándose definitivamente. El cuello perdió toda su tensión muscular y la cabeza de la niña se apoyó de lado en el suelo con un delicado movimiento casi automático. Las sirenas de la policía rompieron el ambiente. La sequedad del polvo que flotaba en el aire obstruyó tanto sus narices que tuvo que sonarse los mocos con la manga mientras guardaba las cosas y echaba a correr. El ruido de la sirena se volvió estridente. El corazón le latía a doscientas por minuto. Dio un patadón a la puerta y descendió por las escaleras a grandes brincos con el arma en alto con el fin de que no interrumpiera su huida. La escalera desembocaba en un pequeño rellano que luego daba a un pasillo. No había nadie. Accedió al pasillo andando en cuclillas. La sirena seguía sonando con gran estrépito, ensordeciéndolo todo. La puerta del fondo tenía un gran cristal polvoriento. Abrió el pasador, tiró de ella y salió del edificio. Siguió corriendo por la calle con todas sus fuerzas. Grandes gotas de sudor le resbalaban por toda la cara. Frente a él, la calle se terminó bifurcando en dos callejones, uno a la derecha y otro a la izquierda. Optó por el segundo. El arma pesaba demasiado como para llevarla levantada en peso durante todo el trayecto que aún le separaba de casa. Miró en derredor, buscando un sitio seguro donde ocultarla temporalmente. Sus ojos hallaron ágiles el basurero ubicado justo al doblar la calle. Corrió hacia allí sin perder tiempo y arrojó el arma en su interior. Reanudó la marcha otra vez. Las sirenas policiales ya sonaban silenciadas por la lejanía. Era como escuchar una jauría de gente que gritase al ritmo de un pito de colegio. Cruzó con el corazón en la boca un par de huertos antes de plantarse en el portal de su casa, donde su madre cosía sentada en una mecedora. Ésta interrumpió el cíclico movimiento de sus manos y se quedó observando con sorpresa el estado de su hijo. -Pero bueno, ¿qué prisas son esas? ¿No habrás vuelto a pelearte con ese chico del sur, verdad? -No…no…mamá.. Me robaron…y quería pegarme un grupo de mayores -contestó Ian a punto de desmayarse. Los ojos de su madre le observaban, incrédulos, a través de las gafas. - ¿Qué? Pero bueno…¿Estás bien, hijo?- La madre dejó el amasijo de lana y los moldes a un lado, se puso en pie y fue corriendo en dirección de Ian, quien estaba recostado en el suelo. La señora Francis le tomó la temperatura. -Tu frente está ardiendo. Fiebre, seguro que tienes algo de fiebre-diagnosticó. -Necesito descansar…un rato. Estoy exhausto-dijo él sintiendo la fresca caricia de la falda de su madre. -Venga, ven conmigo. Te darás una ducha y luego te acostarás, ¿eh? Después tendremos tiempo para hablar con tranquilidad. El chico se metió en la casa con la ayuda de su madre. Estaba asustado. Se dijo para sus adentros que la próxima vez todo sería muy distinto. Mucho mejor. No había nada que dañara más al artista que la interrupción de su tarea. Aquella mañana había descubierto el sabor de la sangre. Y le gustó. Le gustó mucho.


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